MEMORIA





He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Vincent Van Gogh
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jueves, 20 de septiembre de 2012

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Durante algún tiempo todavía,)















Durante algún tiempo todavía, voy a poder escribir todo esto y testimoniarlo. Pero llegará el día en que mi mano estará distante, y cuando le ordene escribir, trazará palabras que yo no piense. Va a llegar el tiempo de la otra explicación, en el que las palabras se desatarán, en el que cada significado sé deshará como una nube y caerá como agua. A pesar de mi miedo soy, sin embargo, semejante a alguien que se mantiene ante las grandes cosas, y recuerdo que antes sentía en mí destellos semejantes cuando iba a escribir. Pero esta vez estaré escrito. Soy la impresión que va a transformarse. ¡Oh! con un poco más podría comprender todo, y aprobar todo. Un paso solamente, y mi profunda miseria se transformaría en felicidad. Pero ese paso, no puedo darlo; he caído y no puedo ya levantarme, porque estoy roto. Hasta ahora, he creído que podría ver venir un socorro. He aquí ante mí, de mi propia letra, lo que he rogado, noche tras noche. He transcrito esto de los libros donde lo he encontrado, para que fuese más próximo, para que fuese salido de mi mano, como brotado de mí mismo. Y ahora quiero copiarlo una vez más, aquí, ante mi mesa, de rodillas; quiero escribirlo, porque así lo tengo en mí más tiempo que leyéndolo, y cada palabra toma duración y tiene tiempo de resonar.(...)






. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Rainer M. Rilke, 1910)




















martes, 18 de septiembre de 2012

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (¡Ah! ¡Qué efecto produce)








Willy Ronis,Rue Muller, 1934 








      ¡Ah! ¡Qué efecto produce una pequeña luna! Días en los que todo es claro a nuestro alrededor, claro apenas diseñado en el aire luminoso, y sin embargo distinto. Los objetos más cercanos tienen ya tonalidades lejanas, están remotos, exhibidos solamente de lejos, no entregados; y todo lo que está en relación con la lejanía —el río, los puentes, las largas calles y las plazas que se esfuman— ha tomado esta lejanía detrás de sí, y está pintado sobre ella, como sobre un tejido de seda. No es posible decir lo que puede ser entonces un coche de un verde luminoso, sobre el Pont-Neuf, o un cierto rojo imposible de retener, o sencillamente un cartel, sobre el muro medianero de un grupo de casas gris perla. Todo está simplificado, traído a algunos planos precisos y claros, como el rostro en un retrato de Manet. Y nada es insignificante y superfluo, los libreros del viejo "quai" abren sus puertas, y el amarillo fresco o fatigado de los libros, el pardo violado de las encuadernaciones, el verde más intenso de un álbum, todo concuerda, cuenta, toma parte y concurre a una plenitud perfecta.
















Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (He hecho algo contra el miedo)








      He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito. Ahora estoy tan fatigado como después de una larga caminata a través de los campos de Ulsgaard. Me duele pensar que todo eso ya no existe, que gentes extrañas habitan aquella vieja y larga casa señorial. Es posible que en la habitación blanca, arriba, bajo el remate, las criadas duerman ahora, duerman con su sueño pesado, húmedo, desde el anochecer hasta la mañana.
Y no tiene uno nada ni a nadie, y se viaja a través del mundo con su maleta y un cajón de libros, y en resumen, sin curiosidad. ¿Qué vida es ésta? Sin casa, sin objetos heredados, sin perros. ¡Si al menos hubiese recuerdos! Pero ¿quién los tiene? Si la infancia estuviese aquí: pero está como enterrada. Quizá sea necesario ser viejo para poder conseguir todo. Pienso que debe ser bueno ser viejo.




Hoy hemos tenido una hermosa mañana otoñal. Atravesé las Tullerías. Todo lo situado al este, delante del sol, deslumhraba. La parte iluminada estaba recubierta de una niebla, como con una cortina gris luminosa. Gris sobre el gris, las estatuas se soleaban en los jardines aún no desvelados. Algunas flores aisladas se levantaban en los largos arriates y decían: Rojo, con voz temerosa. Después un hombre muy alto y esbelto, apareció, volviendo la esquina, del lado de los Champs Élysées: llevaba una muleta —no apoyada bajo el brazo—,la llevaba ante sí, levemente, y de vez en cuando la apoyaba en el suelo con fuerza y con ruido, como un báculo. No podía reprimir una alegre sonrisa, y sonreía a todo, al sol, a los árboles. Su paso era tímido como el de un niño, pero de una ligereza insólita, lleno del recuerdo de un paso anterior.






. Édouard Manet, Música en las Tullerías
. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Rainer M. Rilke, 1910)













lunes, 17 de septiembre de 2012

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Aprendo a ver)
















Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa.

Hoy, al escribir una carta, me ha disgustado el hecho de que estoy aquí solamente desde hace tres semanas. Otras veces, tres semanas, en el campo, por ejemplo, parecían un día; aquí son años. Por lo demás, no quiero escribir más cartas. ¿Para qué decir a nadie que cambio? Si cambio, ya no soy el de antes, y si soy otro distinto del que era, es evidente que ya no tengo relaciones. Y por lo tanto no quiero escribir a extraños, a gentes que no me conocen.

¿Lo he dicho ya? Aprendo a ver. Sí, comienzo. Todavía va esto mal. Pero quiero emplear mi tiempo.

Sueño, por ejemplo, que todavía no había tenido conciencia del número de rostros que hay. Hay mucha gente, pero más rostros aún, pues cada uno tiene varios. Hay gentes que llevan un rostro durante años. Naturalmente, se aja, se ensucia, brilla, se arruga, se ensancha como los guantes que han sido llevados durante un viaje. Estas son gentes sencillas, económicas; no lo cambian, no lo hacen ni siquiera limpiar. Les basta, dicen, y ¿quién les probará lo contrario? Sin duda, puesto que tienen varios rostros, uno se puede preguntar qué hacen con los otros. Los conservan. Sus hijos los llevarán. También sucede que se los ponen sus perros. ¿Por qué no? Un rostro es un rostro.

Otras gentes cambian de rostro con una inquietante rapidez. Se prueban uno después de otro, y los gastan. Les parece que deben de tener para siempre, pero apenas son cuarentones y ya es el último. Este descubrimiento lleva consigo, naturalmente, su tragedia. No están habituados a economizar los rostros; el último está gastado después de ocho días, agujereado en algunos sitios, delgado como el papel, y después, poco a poco, aparece el forro, el no-rostro, y salen con él.

Pero la mujer, la mujer: estaba toda entera caída hacia delante, sobre sus manos. Era en la esquina rue Notre Dame-des-Champs. En cuanto la vi me puse a andar despacito. Cuando las pobres gentes reflexionan no se las debe molestar. Quizá lleguen a encontrar lo que buscan.

La calle estaba vacía; su vacío se aburría, retiraba mi paso de debajo de mis pies y claqueaba con él, al otro lado de la calle, como con un zueco. La mujer se asustó, se arrancó de sí misma. Demasiado de prisa, demasiado violentamente, de manera que su cara quedó en sus dos manos. Pude verlo, y ver su forma vaciada. Me costó un esfuerzo indescriptible quedarme en esas manos, no mirar hacia aquello de que se había despojado. Me estremecí al ver un rostro tan de dentro, pero me daba más miedo la cabeza desnuda, desollada, sin rostro.



-Rainer Maria Rilke-










.Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Rainer M. Rilke, 1910)
.Willy Ronis, La tour Eiffel

















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