MEMORIA
























He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Van Gogh

Vincent Van Gogh
.




.

.⁠·⁠´⁠¯⁠`⁠´⁠¯⁠`⁠·⁠.Rainer Maria Rilke༼⁠;⁠´⁠༎ຶ⁠ ⁠۝ ⁠༎ຶ⁠༽





Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa".


Rainer Maria Rilke






.

.






.

sábado, 2 de febrero de 2013

de El Oficio de Vivir, Cesare Pavese (21 de noviembre)








 de El Oficio de Vivir,

Cesare Pavese






21 de noviembre 1937



Pensar que ese cuerpo tiene un pensamiento, un despertar, un reposo, una languidez, una duración cotidiana, y que si yo fuese ese hombre tendría de veras todo eso, en la habitación contigua o ante los ojos. El día terminaría en ella: eso, eso he perdido. Y no hay fuerza humana que pueda devolvérmela. Y todo eso ha sido desperdiciado sin amor. Y no es un delito, no es un pecado, no es siquiera una incorrección: es una cosita que se hace; que no remuerde, como aplastar un mosquito.
Anímate, hay una ley moral.


























jueves, 31 de enero de 2013

À la recherche du temps perdu. Du côté de chez Swann









À la recherche du temps perdu

 Du côté de chez Swann 



















   «Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo». Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; en seguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por donde un viandante marcha de prisa hacía la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su, recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno.

Apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismas de nuestra niñez. Encendía una cerilla para mirar el reloj.

Pronto serían las doce. Este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida, se despierta, sobrecogido por un dolor, y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué gozo! Es de día ya. Dentro de un momento los criados se levantarán, podrá llamar, vendrán a darle alivio. Y la esperanza de ser confortado le da valor para sufrir. Sí, ya le parece que oye pasos, pasos que se acercan, que después se van alejando. La rayita de luz que asomaba por debajo de la puerta ya no existe. Es medianoche: acaban de apagar el gas, se marchó el último criado, y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin remedio.

Me volvía a dormir, y a veces ya no me despertaba más que por breves instantes, lo suficiente para oír los chasquidos orgánicos de la madera de los muebles, para abrir los ojos y mirar al calidoscopio de la oscuridad, para saborear, gracias a un momentáneo resplandor de conciencia, el sueño en que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo aquel del que yo no era más que una ínfima parte, el todo a cuya insensibilidad volvía yo muy pronto a sumarme. Otras veces, al dormirme, había retrocedido sin esfuerzo a una época para siempre acabada de mi vida primitiva, me había encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño, como aquel de que mi tío me tirara de los bucles, y que se disipó, fecha que para mí señala una nueva era, el día que me los cortaron. Este acontecimiento había yo olvidado durante el sueño, y volvía a mi recuerdo tan pronto como acertaba a despertarme para escapar de las manos de mi tío: pero, por vía de precaución, me envolvía la cabeza con la almohada antes de tornar al mundo de los sueños.

Otras veces, así como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía mientras yo estaba durmiendo, de una mala postura de mi cadera. Y siendo criatura hija del placer que y estaba a punto de disfrutar, se me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo sentía en el de ella su propio calor, iba a buscarlo, y yo me despertaba.

Todo el resto de los mortales se me aparecía como cosa muy borrosa junto a esta mujer, de la que me separara hacía un instante: conservaba aún mi mejilla el calor de su beso y me sentía dolorido por el peso de su cuerpo. Si, como sucedía algunas veces, se me representaba con el semblante de una mujer que yo había conocido en la vida real, yo iba a entregarme con todo mi ser a este único fin: encontrarla; lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado. Poco a poco el recuerdo se disipaba; ya estaba olvidada la criatura de mi sueño.

Cuando un hombre está durmiendo tiene en torno, como un aro, el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Al despertarse, los consulta instintivamente, y, en un segundo, lee el lugar de la tierra en que se halla, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar; pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse.»




















lunes, 14 de enero de 2013

SOBRE LA LUNA Y LAS FOGATAS









SOBRE LA LUNA Y LAS FOGATAS








Casa natal en Santo Stefano Belbo







 La Luna e i falò es el libro más autobiográfico de Cesare Pavese, pero también un libro donde la autobiografía es filtrada y distanciada en una contemplación serena, sin los sobresaltos o los desgarros imprevistos de las novelas precedentes. La contemplación del destino, la triste renuncia a encontrarse a sí mismo viene dada por los tres momentos en los que construye la novela: el regreso y la búsqueda, el recuerdo y la elegía, y la meditación sobre el presente y la historia que transforma y cambia el pasado.


Anguilla, el hombre que ha dejado su tierra y vuelve, figuración del mismo Pavese, es también una imagen de una situación histórica de los italianos: o realmente emigrantes en el mundo u obligados en Italia a vivir en la contradicción de una sociedad imperfectamente desarrollada. Haber expresado la realidad histórica de una situación que se hacía cada día más dura, es el mérito de este libro.


Gérard Genette, en su Nuevo discurso del relato, dice que la distinción habitual entre relatos en primera y tercera persona actúa en el interior de ese carácter inevitablemente personal de todo discurso, con arreglo a la relación (presencia o ausencia) del narrador con la historia que cuenta: la primera persona indica su presencia como personaje mencionado, la tercera persona su ausencia como tal. Es lo que también se puede denominar narración heterodiegética u homodiegética. Según este razonamiento podemos decir que La Luna e i falò es una novela escrita en primera persona, pero no es todo: en La Luna e i falò, el narrador no sólo narra sino que es el personaje mismo, nos referimos al «autor» como personaje único del libro, a cual se deben todas las reflexiones, todas las descripciones parciales de ambientes y personajes que participan en la construcción. Pavese reduce así la importancia del personaje, o mejor, casi lo anula, si pensamos en el personaje como figura que domina y determina con sus acciones el desarrollo de una trama: así Pavese no construye una historia basándose en la trama, sino que recupera más bien el aspecto fantástico que la novela naturalista había empobrecido con su exigencia de crear personajes típicos y emblemáticos. En la novela de Pavese el personaje o los personajes, se presentan en tanto en cuanto tienen una función simbólica en la economía de la historia, sin que ninguno llene de sí la narración y todos acompañan a la única matriz que es el autor, el depositario de la imagen-relato, que conoce las cosas en tanto las recuerda.


Siguiendo las consideraciones de Oscar Tacca en Las voces de la novela, aquí nos encontramos con un personaje o unos personajes como medio, como técnica, es decir, como instrumento fundamental para la visión o exploración de un mundo. Una visión del mundo que oscila entre el símbolo y el mito.


Entre símbolo y mito se coloca una actitud ética que el escritor insinúa en el fondo de su metáfora existencial. Pavese percibe la realidad como existente, pero la transforma según una concepción personal por la cual aquella realidad sale unas veces como mito y otras como memoria. Aunque después mito y memoria en el fondo para Pavese coinciden. Mito es cuando el hombre o mejor dicho el muchacho ve el mundo con ojos nuevos, descubre las cosas por primera vez, se acerca a la esencia de los dioses, de los hombres primitivos o de los objetos naturales, entonces se crea el mito. Cada conocimiento sucesivo, cada movimiento posterior hacia las cosas y el mundo ya no produce mito, nuevo conocimiento. El escritor recorre entonces las etapas de aquella mítica «primera vez» en términos de memoria y la experiencia ya vivida comienza a vivirse de otro modo que en el fondo no es demasiado distante de la sobrevaloración de la memoria que fue típica de los años 30, durante el periodo poético llamado «hermetismo». Por tanto Anguilla o el hombre en el que Anguilla se ha convertido, revive en la nostalgia y en el recuerdo su mítica «primera vez», su primer fabuloso contacto con la vida y con las cosas.


Ahora analizaremos por orden de prioridad los personajes de la novela de Pavese, insistiendo en los tres primeros que son la viva representación de su misma persona:


Anguilla no ha nacido en este pueblo: ya sabemos que es un bastardo, recogido y criado sólo porque el hospital de Alessandría les daba una pequeña mensualidad (cinco liras) a Virgilia y a Padrino. Un poco como su autor que sí ha nacido en el pueblo, pero por pura casualidad.


El regreso de Anguilla después de cuarenta años, es una tentativa de encontrarse a sí mismo, de echar raíces, para medirse con el propio pasado, para comprender que se ha hecho rico, pero que por dentro ha sido siempre un pobre campesino (como demuestran sus manos, llenas de cicatrices). Pero no sólo sus manos están marcadas, también está marcado de cara a los demás: es rico, es extraño, tiene costumbres diferentes, y no es ni de allí, ni de aquí. La Turín de Pavese, y la América de Anguilla son lugares lejanos y diferentes. Anguilla descubre que todo ha cambiado, que las personas que amaba han muerto, que las granjas están abandonadas o habitadas por gente que no conoce y que sólo el paisaje ha permanecido insensible al pasar del tiempo. Pero también se da cuenta de que, aunque hayan cambiado muchas cosas, las personas son siempre igualmente burdas y miserables.


Durante su permanencia encuentra a Cinto, que le recuerda a sí mismo cuando era niño y vuelve otra vez al pasado recordando los sucesos más importantes que le ocurrieron durante la infancia y la adolescencia, y en las personas que habían influenciado su vida. Piensa también en el amor platónico que lo unía a Silvia e Irene; relata la adolescencia de éstas y se acuerda de las fiestas a las que las llevaba, de su primer salario, cuando creía que el mundo se iniciaba y acababa en aquel pequeño pueblo sobre las colinas, y su único deseo era ser como su amigo y maestro Nuto. Son recuerdos, al mismo tiempo, dulces y amargos, de un pasado que le gustaría reconquistar, pero que sabe que no puede.


Nuto, el amigo de infancia de Anguilla, sigue en el pueblo; es el personaje que actúa sobre la escena rústico-campesina ambientada por Pavese a orillas del Belbo, en sus «Langhe». Cuando vuelve, Anguilla descubre con sorpresa que lo ha alcanzado, que ya no tiene más nada que envidiar al amigo, a aquel que había considerado un modelo de vida, pues también él, como Nuto, había estado lejos de casa, había viajado, había aprendido a medirse con los demás y a arreglárselas solo. Anguilla no lo encuentra en absoluto cambiado con el pasar de los años, en todo caso era él mismo el que había cambiado, el que por fin había madurado. Nuto, como hemos dicho ya, no es un maestro para él, sino un amigo a la par, pero sigue siendo su punto de referencia, el único con el que poder reconstruir los eventos acaecidos mientras estaba lejos y la única persona a la que pide consejo. Nuto había permanecido siempre como un recuerdo, mientras estaba lejos, y como una presencia en el corazón y en la mente del Anguilla, en el fondo de una América padecida para éste o de un Turín amado/odiado para Pavese: Nuto es el símbolo (o la alegoría) de su tierra y de su antígua sabiduría.


Nuto es también la «figura» del otro que se revela poco a poco. Nuto es el personaje que define las relaciones de clase actuales e hipotiza un posible futuro, es la figuración del compromiso político-social del escritor.
Según los cánones del neorealismo, Nuto sería el personaje positivo, el que interpreta figurativamente la ideología, pero también es el alter ego del protagonista, del que resalta las contradicciones y la inseguridad.





Su amigo Pinolo Scaglione... Nuto





Nuto representa el comunista severo que conoce sólo el trabajo y que se hace cargo del dolor de todos, mostrándose como un modelo. Es el personaje histórico de la resistencia y el que juzga la postguerra, con la miseria y las tensiones llevadas al extremo por las presiones políticas del clero, por el atentado a Togliatti, por la marginación de los militantes de izquierda en la vida política, económica, industrial. Es la ideología de Pavese, que ofrece al lector por boca de Nuto. Nuto había tomado parte en la lucha de liberación escondiendo heridos, manteniendo enlaces. Es el hombre de los equilibrios humanos que interpreta la ideología como ética:


« Soltanto ieri per strada incontrando due ragazzi che tormentavano una lucertola gli aveva preso la lucertola. Vent’anni passano per tutti.


- Se il sor Matteo ce l’avesse fatto a noi quando andavamo nella riva, - gli avevo detto, - cos’avre¬sti risposto? Quante nidiate hai fatto fuori a quei tempi?


- Sono gesti da ignoranti, - aveva detto. -Facevamo male tutt’e due. Lasciale vivere le be¬stie. Soffrono giá la ‘loro parte in inverno.


- Dico niente. Hai ragione.


- E poi, si comincia cosí, si finisce per scannarsi e bruciare i paesi. » (p. 21)


Para concluir Nuto representa la continuidad racional y la aspiración al cambio social y político:


« Lui non é andato per il mondo, non ha fatto fortu¬na. Poteva succedergli come succede in questa valle a tanti - di venir su come una pianta, d’invecchiare come una donna o un caprone, senza sapere che cosa succede al di lá dalla Bormida, senza uscire dal giro della casa, della vendemmia, delle fiere. Ma anche a lui che non si é mosso é toccato qualcosa, un destino - quella sua idea che le cose bisogna capirle. aggiustarle. che il mondo é mal fatto e che a tutti interessa cambiario.» (p. 33)


En Nuto y Anguilla hay algo de inseguridad, del remordimiento de no haber participado en la guerra, de odio por los asesinos, de ideología social y de piedad, como en nuestro escritor. Esa piedad de Pavese que se refugia en el recuerdo de la adolescencia, en el mito intelectual, en la evocación pura de la Mora que representa un modo de vivir que distingue entre criados (campesinos o sirvientes como Cirino y Serafina) y patrones (burguesía propietaria de campo), y, que enseñan a Anguilla un trabajo o un modo de comportarse.


El regreso al pueblo es también el «regreso a la casa», donde Anguilla ha vivido su infancia, la vieja casa de campo. En «il casotto» ahora viven algunas figuraciones de la tristeza y la miseria: Valino, sus dos mujeres (la joven y la cuñada-amante) y su hijo lisiado, Cinto.


Anguilla se encariña en seguida con Cinto, intenta ayudarlo y hacerle descubrir cosas nuevas abriéndole los ojos a nuevos horizontes, y también para intentar descubrir el mundo, él mismo, con los ojos de un muchacho:
« Cos’avrei dato per vedere ancora il mondo con gli occhi di Cinto, ricominciare in Gaminella come lui, con quello stesso padre, magari con quella gamba - adesso che sapevo tante cose e sapevo difendermi. Non era mica compassione che pro¬vavo per lui, certi momenti lo invidiavo. » (p. 78)


Cinto es un niño cojo a través del cual Anguilla revive los primeros años de su vida, cuando todavía no trabajaba en la Mora y junto a su familia vivía en la miseria, trabajando todo el día para procurarse el pan. Su infancia no obstante había sido alegrada por la presencia de sus hermanastras y su madrastra, mientras que Cinto no tenía este consuelo, es más, a causa de la deformidad de las extremidades no habría podido tener nunca una vida normal. Vive con un continuo miedo a su padre que pegaba a los animales y a las personas y que llega incluso a incendiar la granja y a matar a la cuñada y a la madre, destruyendo así no sólo su casa sino también el único símbolo, el último testimonio de la infancia de Anguilla. El chico salvará su vida gracias a un cuchillo le había regalado Anguilla.


Cinto es el que expresa en la obra el tema existencial de la paternidad fallida; implícitamente el protagonista y el autor, se reconocen en el muchacho - pronto huérfano - al que querrá ayudar como a un hijo y proporcionarle un modelo.


El siguiente personaje es Valino, el arrendatario que trabaja las tierras ajenas, torturado por el ama de las tierras y explotado, no quiere en medio al intruso y no habla, no tiene ideología ni sentimientos excepto la ira. Pero Anguilla vuelve para hacer amistad con Cinto, para contarle historias de ciudades lejanas, para abrirle los ojos para que en el futuro la vida sea menos dura con él, para discutir juntos. Padre e hijo vienen presentados en un cuadro de penurias y de rabia, en medio de imágenes de trabajo masacrante, una pobre evocación de sexo, y un pobre perro hambriento.


Silvia era la mayor de las dos hermanas que vivían en la hacienda en la que Anguilla era criado, y hacia la cual siempre ha probado un tierno afecto, pues era demasiado joven para despertar el interés de las chicas. Siempre rodeada de pretendientes, igual que la hermana, vivía la vida al máximo, saboreando cada cosa y actuando a veces de modo impulsivo, lo cual le condujo a la muerte. Silvia no sólo era la mayor sino también la más vivaz, la emprendedora, la más exuberante y la que menos respetaba las reglas. Anguilla cuenta sus aventuras amorosas, sus relaciones con varios hombres, las comidillas que hacían de ellas los criados. Cada vez que una historia terminaba mal, que un hombre la abandonaba, Silvia sabía reaccionar gracias a su fuerza de voluntad y al final salía adelante siempre, gracias también a la ayuda de la hermana con la que estaba muy unida. Silvia muere a causa de una hemorragia, se queda embarazada, e intentando abortar le llega su final.


También Irene muere joven. Convencida por los padres, se casa con un hombre codicioso y violento. El disgusto por este matrimonio la llevan a una muerte prematura. Irene, diferencia de su hermana era mucho más tranquila, más bien opuestas: reflexiva, juiciosa, bondadosa y paciente, no reaccionaba nunca por impulsos ni hacía ninguna locura. Sus historias no eran nunca apasionadas como las de su hermana, ni sus hombres tan particulares. En un cierto sentido era banal e insignificante. Le encantaba la música y sabía tocar el piano a la perfección, su música tenía el poder de embelesar a Anguilla...


Santa o Santina es la hermanastra de Irene y Silvia. Pavese le dedica los dos últimos capítulos, que constituyen un enésimo relato y una historia fuera (o casi) de las usuales estructuras narrativas que la rodean. Hasta entonces la pequeña Santina, tercera hija de sor Matteo de la Mora, ha sido una presencia apenas aludida, un diablillo, una juguetona y fugaz presencia. Anguilla la conoce sólo de pequeña, pero sabrá su historia por Nuto. De mayor se convierte en una espléndida muchacha que se codeará con numerosos fascistas a los que referirá importantes informaciones, pues se había convertido en una espía de los partisanos, que después la matarán. Santa era impávida e impulsiva como Silvia, pero, al mismo tiempo, mentirosa, hipócrita y falsa. Nuto evita hablarle a Anguilla de lo que ha sido de Santina cuando éste le pregunta curioso, hasta que cede y decide acompañarlo a la colina a los lugares más empinados. Pavese dedica al momento en el que suben un capítulo entero, el XXXI. La colina vuelve a tomar su función de símbolo, hasta tocar lo irracional, entre antropomorfismo y mito-recuerdo, erotismo sublimado y freudismo (una enorme mama es la metáfora que Pavese emplea hablando de la colina). Es como una premonición, se entrevé una historia de perdición:


«Riprese a condurmi su per quei pianori. Di tanto in tanto si guardava intorno, cercava una strada. Io pensavo com’á tutto lo stesso, tutto ritorna sem¬pre uguale - vedevo Nuto su un biroccio condurre Santa per quei bricchi alla festa, come avevo fat¬to io con le sorelle. Nei tufi sopra le vigne vidi il primo grottino, una di quelle cavernette dove si tengono le zappe, oppure, se fanno sorgente, c’á nell’ombra, sull’acqua, il capelvenere. Traver¬sammo una vigna magra, piena di felce e di quei piccoli fiori gialli dal tronco duro che sembrano di montagna - avevo sempre saputo che si masti¬cano e poi si mettono sulle scorticature per chiuderle. E la collina saliva sempre: avevamo giá passato di¬verse cascine, e adesso eravamo fuori.


- Tanto vale che te lo dica, - fece Nuto d’improv¬viso senza levare gli occhi, - io so come l’hanno am¬mazzata. C’ero anch’io. » (p. 126)


El gusto por la vida, el amor por el placer, actitudes más autónomas y modernas que las de las hermanas, empujan a Santina a la parte más fácil. Después del armisticio el doble juego entre fascistas y partisanos la conducen al final, y la rubia resplandeciente Santina es ajusticiada por los partisanos de Baracca. En el leitmotiv de la resistencia que se propaga por toda la novela, la historia de Santina representa el punto de sutura entre la lírica de la memoria y la epopeya popular. El nexo entre historias antiguas de la Mora y la nueva fábula de libertad. Otros, como el mismo Baracca, están muertos, pero aquí nos queda la fascinación de aquella negra huella de la hoguera que ha sido un sacrificio ritual y un rezo de futuro cambio. El cuerpo de Santina no se podrá encontrar jamás: con una misteriosa alusión al poder erótico de la muchacha se cierra sobre la palabra clave «falò»( fogata o mejor en este caso, hoguera). La ética metafórica del «falò» -entre mito y nostalgia, entre rito y poesía - se revela todo menos algo que nos inspira muerte o conclusión : «Che la gente ricominci» (que la gente vuelva a empezar). La vida y la historia prosiguen por calles oscuras que no siempre estamos preparados para ver.


Pero no podemos olvidar que el paisaje metafórico pavesiano juega también un papel fundamental dentro de la obra. Los lugares en los que se desarrolla la historia, presentados cada uno con su nombre, sus características geográficas, incluso topográficas, colina o pueblo, granja o río, o espacio libre, nos parecen de algún modo ya conocidos. Son nombres, mitos de la infancia del escritor o de su fantasía, que repite continuamente hasta la saciedad. Para nuestro escritor, evocar nombres es un hecho mágico, y la magia crece con los sonidos, un gusto fónico que se avala de la repetición.


Otro elemento que hace presión sobre lo emotivo y racional y que prepara los «lugares», poco más que nombres sacados de su propio inconsciente, para ser escenarios de sucesos, testimonios de destino es la música. Por ejemplo Gaminella, típica localidad sin historia, pero con tanto destino dentro que puede llegar a ser colina o granja o permanecer en cambio espacio o escena de tragedia. O el Belbo, el río de Pavese y de sus personajes, corriente de eventos irreparables que suceden en sus orillas. O las colinas, las famosas colinas evocadas y descritas con su nombre real, son las colinas sobre las que el escritor ha recorrido su mito cuando era un muchacho y con las que ha medido su realidad, desde la identificación simbólica antropomórfica (la mama) hasta los orígenes de su pensamiento y de su misma imaginación lingüística. Entre descripción y flash-back, entre búsqueda actual de los lugares de un pasado y memorias de aquel tiempo, el protagonista encuentra ciertas coordenadas de sí mismo que se convierten en características de esta novela.


Podría incluso afirmarse que el único gran personaje de la obra de Pavese es el paisaje y, más concretamente, la colina, y esto lo escribe el mismo Pavese: «In realtá, l’unico spunto che mi tocca e scuote é la magia della natura, l’occhiata ficcata nella collina »  .


La estructura del paisaje no es una descripción naturalista, sino una metáfora que suscita presencias, participaciones y personajes-testimonio. La estructura metafórica del espacio en Pavese se insinúa por la insistencia sobre el paisaje, por la importancia en la reconstrucción del mito y en el desarrollo de los sucesos individuales. El paisaje, externo y visivo, se convierte en interior, espejo, símbolo, sentimiento inmediato de apariencias oscuras o memoriales. Pavese inserta el mito de lo salvaje, contrapuesto a lo civilizado, en el llamamiento a los trabajos del campo, a las estaciones, a los tiempos y a los rituales campesinos: como en el que cree que en la vida auténtica del campo haya alguna posibilidad de que se pueda salvar un hombre deshecho por las guerras y la sangre.


El campo está dentro del tema del nostos, del viaje y del regreso, que se entiende como viaje dentro de la vida que reflexiona sobre sí misma recorriendo ciertas etapas fundamentales. Es campo y «salvaje» el hecho de creer en la influencia de la luna o en el efecto de las fogatas sobre la tierra. En la sabiduría antigua y la superstición campesina (como es sabido la luna en sus fases produce ciertos efectos, pues, por ejemplo, es necesario tenerla presente para el vino nuevo, los trasplantes, etc...) se divisa algo misterioso, mítico y poético al mismo tiempo:


« Magari é meglio cosí, meglio che tutto se ne vada in un falò d’erbe secche e che la gente ricominci.» (p. 103)
Si la luna en este paisaje metafórico puede representar el inconsciente o la enigmática perspectiva nocturna, la fogata o la hoguera (il falò) representa la anulación del pasado y el posible cambio: fogata de las noches de verano o que provoca la lluvia, de tragedia, de alegría, de sacrificio, de misterio, rituales o de miseria e ira atroz (como la de la casa de Valino incendiada), falò como el del cuerpo de Santina cuando la incineraron, siempre final de un pasado e inicio de un futuro diferente.



Notas:
[1] Gerard Genette, Nuevo discuso del relato, Madrid, Cátedra, 1998.
[2] O.Tacca, Las voces de la novela, Madrid, Gredos, 1985, pág. 131.
[3] Cesare Pavese, La luna e i falò, Enaudi Tascabili, Torino, 2000, págs. 7-9
[4] Véase Cesare Pavese, loc. cit., La luna e i falò, pág. 15
[5] Cesare Pavese, Il mestiere di vivere, Enaudi, Torino, 27 febrero 1949.
[6] Véase Cesare Pavese, loc. cit., La luna e i falò, pág.85.



© Inmaculada Chaves Cadaval 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/pavese.html 





La luna e i falò







CAPÍTULO I







"Existe una razón por la cual he regresado a este pueblo, aquí y no a Canelli, a Barbaresco o a Alba. Aquí no he nacido, es casi seguro; dónde he nacido, no sé; no existe en estos parajes una casa, ni un pedazo de tierra, ni huesos que me permitan decir: “He aquí como era antes de nacer”. Ignoro si procedo de la colina o del valle, de los bosques o de una casa con balcones. La muchacha que me dejó sobre los peldaños de la catedral de Alba, quizá no procedía tampoco de los campos, quizá era la hija de los dueños de un palacio, o bien me han traído en una cesta de vendimiar dos pobres mujeres desde Monticello, desde Neive y ¿por qué no desde Cravanzana? ¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho? He recorrido bastante mundo para saber que todas las carnes son buenas y se corrompen, y por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que la propia carne tenga valor y dure algo más que una simple vuelta de estación."




Cesare Pavese - La luna e i falò -



CESARE PAVESE, “LA LUNA Y LAS FOGATAS”, Capítulo I

De Cesare Pavese, escritor italiano. Nació el 9 de setiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, Cuneo. Murió el 27 de agosto de 1950 en Turín, Italia.




La luna y las fogatas




miércoles, 2 de enero de 2013

Cesare Pavese El maizal










Cesare Pavese 



El maizal
(Il campo di granturco)







El día que me detuve al pie de un maizal y escuché el crujido de los largos tallos secos movidos por el aire, recordé algo que había olvidado hacía tiempo. Detrás del maizal, una tierra en pendiente, estaba el cielo vacío. «Este es un sitio al que hay que volver», dije, y escapé casi al punto, en bicicleta, como si debiera llevar la noticia a alguien que estuviese lejos. Era yo quien estaba lejos, lejos de todos los maizales y de todos los cielos vacíos. Ese día fue un campo de maíz; habría podido ser una roca colgada sobre un camino, un árbol aislado en el recodo de un collado, una vid al borde de un bancal. Ciertos coloquios remotos se cuajan y concretan en el tiempo en figuras naturales. Éstas figuras yo no las elijo: saben surgir ellas, encontrarse en mi camino en el momento justo, cuando menos lo pienso. No hay ninguno de mis conocidos que tenga un tacto como el suyo.

Lo que me dice el maizal en los breves instantes en que me atrevo a contemplarlo, es lo que dice quien se ha hecho esperar y sin él no se podía hacer nada. «Aquí me tienes», dice simplemente quien se ha hecho esperar, pero nadie le quita la mirada rencorosa que se le lanza como a un amo. En cambio, al cielo entre los tallos bajos le echo una ojeada furtiva, como quien mira desde más allá del objeto como a la espera de que éste se desvele por sí, sabiendo perfectamente que nada podemos prometernos que él ya no contenga, y que un gesto demasiado brusco podría derribarlo todo de mala manera. Nada me debe ese campo para que yo pueda hacer otra cosa que callar y dejarlo entrar en mí. Y el maizal, y los tallos secos, poco a poco me crujen y se me paran en el corazón. Entre nosotros no hacen falta palabras. Las palabras han sido pronunciadas muchos años ha.

¿Cuándo realmente? No lo sé. Y ni siquiera sé qué podían haberse dicho un maizal y un muchacho. Pero un día me detuve, con toda seguridad —como si conmigo se detuviese el tiempo—, y después al día siguiente, y otro más, durante toda una estación y una vida, ante un campo semejante; y aquél había sido un límite, un horizonte familiar a través del cual las colinas, bajas de tan remotas que eran, se transparentaban como rostros en una ventana. Cada vez que me había atrevido a un paso por la selva amarilla, el maizal debía de haberme acogido con su voz crepitante y soleada; y mis respuestas habían sido los gestos cautos, a veces bruscos, con que apartaba las hojas cortantes, me inclinaba hacia las correhuelas, y más allá de los tallos altos hundía la mirada en el vacío del cielo. Había en aquel crepitar un silencio mortal, de lugar cerrado y desierto, que abría en el cielo lejano una promesa de vida desconocida, inaccesible y atrayente como las colinas.

Que el tiempo entonces se había parado lo sé porque aún hoy ante el maizal lo recupero intacto. Es un crujido inmóvil. Comprendo que tengo ante mí una certeza, que he como tocado el fondo de un lago que me esperaba, eternamente igual. La única diferencia es que entonces me atrevía a gestos bruscos, penetraba en el maizal lanzando un grito a las colinas familiares que parecían esperarme. Entonces era un niño, y todo ha muerto de aquel niño salvo ese grito.

La estación de aquel campo es el otoño, cuando todo despierta en la campiña detrás de las hileras de maíz. Se oyen voces, se hacen recolecciones, de noche se encienden fuegos. La inmovilidad del campo contiene también estas cosas, pero como a cierta distancia, como promesas vislumbradas entre las ramas. El secarse de las hojas abre trechos de cielo cada vez mayores, revela más desnudamente las colinas lejanas. Se piensa también en lo que hay detrás, y en las presencias nocturnas al borde de la Selva. Sube a veces en el recuerdo la crepitación de las hojas amarillas, y asusta como el rumor de un paso desconocido y temido, como el debatirse de cuerpos en lucha. Ahora, en la distancia, son una sola cosa las fogatas nocturnas sobre los oteros y la anochecida entre los vagos tallos del maizal. Tranquiliza sólo la idea de que quien se ha arrojado al suelo escondiéndose es el muchacho, y que de los tallos cuelgan gruesas panochas que los campesinos vendrán a recoger mañana. Y mañana el muchacho no estará ya.

Estas cosas ocurren cada vez que me paro ante el maizal que me espera. Es como si hablase con él, aunque el coloquio se haya desarrollado hace muchos años y se hayan perdido incluso sus palabras. A mí me basta con la ojeada furtiva de que he hablado, y el cielo vacío se puebla de colinas y de apariencias.















lunes, 19 de noviembre de 2012

JOHN KEATS, ODA A UN RUISEÑOR






JOHN KEATS, ODA A UN RUISEÑOR 






La dríade, Evelyn De Morgan


























Gime mi corazón, y un torpor somnoliento

aqueja mis sentidos… como si hubiera bebido cicuta

o apurado un espeso opiáceo con el que Leteo

astutamente me hubiera adormecido.

Nunca envidié tu suerte ni tu beldad,

pero me contagio de tu alegría cuando

cual dríada de árboles y ríos

en un rincón melodioso de verdes hayas,

eternamente umbrío

con tu clara garganta cantaste tú al estío.

Oh, deja que me embriague con el vino

que sale de la tierra profunda…

ése que a Flora sabe y huele a danza,

a canción provenzal y a alegría fecunda.

Deja que beba un sorbo de la vida

con bullir de burbujas que yo tanto venero

y ese licor rosado y verdadero

muestre al mundo mi boca de púrpura teñida.

Beber y, sin ser visto, abandonar el mundo…

y perderme contigo en el fondo del bosque.

Perderme en lo insondable y olvidar

lo que sólo se atisba en lo profundo.

Esa fatiga, esa destemplanza,

donde los hombres escuchan sus gemidos.

Ese temblor de unas postreras canas,

cuando la juventud se ha escabullido.

Y llega la tristeza cotidiana

y la desesperanza gana la partida.

La belleza se esconde avergonzada

y el nuevo amor perece sin mañana.

Mejor perderme lejos, volar a ti enlazado,

olvidarme de Baco aunque éste venga,

suspendernos en alas de la poesía,

aunque la mente vacile y se detenga.

Contigo estoy, la noche ya ha llegado.

Tal vez entronizada esté la reina luna,

teniendo alrededor un enjambre de hadas;

pero aquí no hay más luz

que la que exhala el cielo con fortuna,

por senderos cubiertos de ramas encorvadas.

Yo no veo qué flores me rodean

ni si el incienso asciende por las ramas,

pero sí que presiento, desde aquí,

que la estación hace crecer la hierba,

los árboles silvestres, la retama,

pastoril eglantina y blanco espino,

violetas efímeras y humildes

que el generoso mayo nos regala.

Y la rosa almizcleña hace morada

para inquietos insectos en la tarde.

Escucho entre las sombras y con frecuencia he estado

enamorado a medias de la suave muerte.

La he nombrado mil veces en versos susurrados

para que fuera al aire mi aliento casi inerte.

Más que nunca en mi vida morir parece dulce,

agotarme sin pena a media noche

mientras el alma vuela por el éter en la visión extática del orbe.

Seguiría tu canto y no te oiría,

pues tus notas son fúnebres y frías.

Soy ave y no nací para la muerte,

ni por calmar el hambre de gusanos.

Pero la voz que oigo en este otoño

la oyeron ya reyes y cortesanos.

Tal vez el canto este sea el mismo

que hizo llorar a Ruth, evocadora,

mientras lanzaba al viento su añoranza.

El mismo canto que reza la leyenda,

entre espuma de olas su esperanza,

y en el mar del olvido disipa la nostalgia.

¡Olvido! Esa palabra, cual campana,

de ti me aleja hacia mi soledad.

¡Adiós! Tu ficción no me engaña,

no mortificas mi alma con tu falsedad.

¡Adiós por siempre! Tu himno se evapora

más allá de esos prados, del río por recodos,

por encima del monte, y queda adormecido

en los tristes calveros del valle que abandono.

¿Era sueño tu canto o visión de beodo?

La música ha volado

¿Sigo despierto? ¿Quizás estoy dormido?
















jueves, 25 de octubre de 2012

Es, Guillaume Apollinaire







ES








      El Filósofo en Meditación - Rembrandt, 1632







"La obra de arte es el resultado de haber estado en peligro,
del hecho de haber ido hasta el extremo de una experiencia
que ningún hombre puede sobrepasar."



RAINER MARIA RILKE








LIX

Es







Es la realidad de las fotos que llevo sobre mi corazón lo que quiero
sólo esa realidad sólo ella y nada más
mi corazón lo repite sin cesar como una boca de orador y lo vuelve a decir
a cada latido
todas las otras imágenes del mundo son falsas
no tienen más que una apariencia de fantasmas
el singular mundo que me rodea metálico vegetal
subterráneo
oh vida que aspira el sol matinal
este universo singularmente ornado con artificios
no es acaso obra de brujería
como antaño podíase estudiar
en Toledo
donde hubo la escuela diabólica más ilustre
y yo llevo sobre mí un universo más preciso más cierto
hecho a tu imagen



Apollinaire, "Poemas a Lou (Sombra de mi amor)"














sábado, 20 de octubre de 2012

Léon Bloy, Fragmentos






Léon Bloy, Fragmentos 
 

          




"¿Y qué más ...? " suspiraba un viejo cura, somnoliento, extenuado por confesiones infantiles. Era por la época de mi primera comunión. Yo me acuerdo que esta eterna pregunta me desolaba. Más tarde se me ocurrió que bien podría haber contestado: " ¿Qué más? dice Ud. Es sencillo, exijo su corazón. Deseo que cumpla la palabra del Maestro, de dar la vida por sus ovejas. De otra manera, vd. sería un mercenario, un mal pastor que no conoce a su rebaño y a quien su rebaño no conoce. Cuando venga el Ladrón, lo encontrará dormido, tan profundamente dormido que será necesario el sonido de las Siete Trompetas del Juicio para despertarlo".


Esta es la queja de las últimas almas, las abandonadas y desoladas, los vestigios de la Semejanza, raros ejemplos sobrevivientes y aborrecidos, que el arsenal de lugares comunes de la apostasía moderna no ha podido demoler. Se piden Sacerdotes. Se piden otros, diferentes. Se pretende que sean respetuosos con la Inteligencia, que amen la Belleza y la Grandeza, hasta la muerte si es preciso, que no consientan las claudicaciones que se están viendo desde hace doscientos años.


Se les pide, señores sucesores de los Apóstoles, no herir al Pobre que busca a Jesús, no detestar a los Artistas y a los Poetas, no mandar al campo enemigo (a fuerza de injusticias, de sinrazón, de ignominias) a aquel que sólo desearía luchar a su lado, si ustedes fueran lo suficientemente humildes para mandarle.


 Pero ustedes no escuchan, no quieren saber nada de esto. Ustedes duermen pesadamente sobre heridos que sangran o agonizan y cuando un grito demasiado desesperado los fuerza a entreabrir los ojos, se contentan con decir " ¿Qué más, hijo mío? ". Y enseguida vuelven a dormirse, asombrados de no dominar al mundo.


Jesús está en el centro de todo, él lo asume todo, él soporta todo, él lo sufre todo. Es imposible pegar a alguien sin pegarle a él, humillar a alguien sin humillarlo a él, maldecir o matar a alguien sin maldecirlo o matarlo a él mismo. El más bajo de los criminales tiene que pedir prestado el Rostro de Cristo para recibir una bofetada, de cualquier mano que sea; de otra manera, la bofetada no podría llegar a destino y quedaría en suspenso, en el espacio, por los siglos de los siglos, hasta que encontrase el Rostro que perdona.


El deber de un hombre consiste de tal manera en ser rico, que la presencia de un solo pobre clama al cielo, como la abominación de Sodoma, y despoja a Dios mismo, obligándolo a encarnarse y vagabundear escandalosamente sobre la tierra, sin más vestidos que los andrajos de sus Profecías.


Al Paraíso no se entra mañana; ni pasado mañana, ni dentro de diez años; se entra hoy, cuando se es pobre y crucificado. (Lc. 23,43)


Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos.


Desde hace tres o cuatro siglos, los católicos y los disidentes de no importa cuál establo han hecho lo posible por degradar la imaginación humana. En este punto, herejes y ortodoxos han sido constantemente unánimes. La consigna dada por el Todopoderoso de las Profundidades era borrar todo recuerdo de La Caída.


...Soy un peregrino del Santo Sepulcro. Eso y nada más. La vida no tiene otro objeto, y lo que más ha honrado a la razón humana es la locura de las Cruzadas. Antes del cretinismo científico, los niños sabían que el sepulcro del Salvador es el centro del universo...


Si el arte está en mi equipaje, peor para mí. No me queda otro recurso que poner al servicio de la Verdad lo que me ha sido dado por la mentira. Recurso precario y peligroso, pues lo propio del Arte es fabricar Dioses.


Deberíamos estar horriblemente tristes. He aquí que el día desciende, y llega la noche, en la que nadie trabaja . Somos muy viejos, y los que nos siguen son aún más viejos. Tan honda es nuestra decrepitud, que ni siquiera vemos que somos idólatras. Cuando Jesús venga, aquellos de entre nosotros que todavía estén velando a la luz de una lámpara, no tendrán ya fuerzas para mirar Su Rostro, tan puesta tendrán su atención en los Signos que no pueden dar la Vida. ¡Será necesario que la luz los ilumine por atrás, y así, de espaldas, sean juzgados...!


La Fe está tan muerta que nos preguntamos si alguna vez habrá existido; y lo que hoy lleva su nombre es tan estúpido o hediondo que el sepulcro parece preferible. Por lo que a la Razón se refiere, se ha empobrecido tanto que mendiga en todos los caminos, y tan hambrienta que intenta saciarse con la basura de la filosofía alemana. Entonces sólo queda el desprecio, único refugio de algunas almas superiores que la democracia no ha podido amalgamar.


Sería necesario estar privado tanto de razón como de olfato para no advertir que el cuerpo social entero es una carroña, a semejanza de la de Baudelaire de la que "brotaban oscuros batallones de gusanos" y cuya hediondez "era tan fuerte, que en la hierba la amada creyó desvanecerse". Esta abominación, que sólo por el fuego podría ser conjurada, aumenta cada día con espantosa rapidez. Nos acostumbramos; la cobardía de unos se hace cómplice de la maldad de otros, y quienes más horror deberían sentir se resignan a la mugre en silencio, con los brazos cruzados. Es la bancarrota de las almas, el irreparable déficit de la conciencia cristiana.



"Siempre habrá pobres entre vosotros". Jamás hombre alguno, después de la profundidad de esa Palabra, ha podido decir lo que es la Pobreza.


Los santos que se dieron a ella por amor, y que tantas criaturas le conquistaron, aseguran que es infinitamente dulce. Los que la rechazan, algunas veces mueren de espanto o desesperación bajo su beso, y la multitud pasa "del vientre de la madre hasta el sepulcro" sin saber qué pensar de ese monstruo.


Dios, cuando se lo interroga, responde que el Pobre es El (Ego sum pauper). Y cuando no se lo interroga, muestra su magnificencia.


La Creación parece ser una flor de la Pobreza infinita; y la suprema obra maestra de Aquel que es llamado Todopoderoso, ha sido hacerse crucificar como un ladrón, en la humillación absoluta.


Los Ángeles callan y los Demonios temblorosos se arrancan la lengua para no hablar. Sólo los imbéciles de este siglo han intentado explicar el misterio. Y la Pobreza, mientras espera que el abismo los trague, se pasea tranquilamente con su máscara y su criba.


La palabra divina es infinita, absoluta, de todo punto irrevocable, y sobre todo prodigiosamente iterativa, pues Dios no puede hablar más que de Él mismo .


"Los caminos de Dios están en el mar y en la profundidad de los abismos". Seguramente, ¡oh burgués!, estas palabras del salmista no te dicen gran cosa, hasta deben parecerte menos que nada. Sin embargo, si fuera tu contador quien las pronunciara, o tu abogado, inconcebiblemente iluminado de pronto, revelándote que tú mismo eres un abismo, por donde camina, cuando le place, el dueño de todos los abismos, si ocurriera ese milagro, ¿qué dirías tú y qué sería de tu apetito?



 El lenguaje de los lugares comunes, el más sorprendente de cuantos existen, se singulariza por la particularidad admirable de decir siempre la misma cosa, a la manera de las Profecías. Y como los burgueses, los privilegiados poseedores de este lenguaje, tienen a su servicio un pequeño número de ideas, según corresponde a sabios que han reducido al mínimo el funcionamiento del intelecto, los encuentran a cada vuelta de la esquina.


Compadezco a quienes no comprenden la belleza de esto.


Cuando una burguesa dice, por ejemplo: "Yo no vivo en las nubes", tengan por seguro que quiere decirlo todo, y que lo dice todo, absolutamente y para siempre. "La ocasión hace al ladrón"


— ¿Eres tú, Señor? ¿Eres tú, al fin? - pregunta el ladrón en la cruz.


— En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso - responde la luz del mundo crucificada.


Esto sucede en el día de las tinieblas, en la hora sexta; y el burgués se ahorcó cuando aún no había anochecido.


" La ciencia no ha dicho la última palabra"


Sería difícil precisar cuándo dijo la primera. Uno siente la tentación de pensar que fue en una época diabólicamente lejana, y el término 'diabólicamente', que evoca la narración del Génesis, está muy en su lugar. ...

Entre nosotros, yo preferiría que la ciencia no hubiera dicho nunca su primera palabra; estoy convencido de que en ese caso seríamos hoy mucho menos ignorantes y necios. Pero ésta es una cuestión personal, que no compromete ni a los miembros del Insituto ni a los sorbonistas. Lo que sobre todo temo, es la última palabra de la ciencia, teniendo, como tengo, un indecible horror por las malas palabras.


"Nada es absoluto"


... Los de nuestra generación pasamos nuestra infancia oyendo eso. Cada vez que, ebrios de asco, buscábamos un trampolín para escapar vomitando, nos salía al paso el burgués, armado de ese rayo.


Nos veíamos entonces en el trance de reintegrarnos al provechoso relativo y al prudente inmundicia. Afortunadamente, casi todos terminaban por adaptarse, convirtiéndose a su vez en otros dioses olímpicos.


Pero, ¿sabrán esos bebedores de un sucio néctar que no hay audacia mayor que dar contraorden a lo irrevocable, y que esto implica la obligación de ser uno mismo algo semejante al Creador de una nueva tierra y de nuevos cielos?


"Hay que hacer trabajar al dinero"


El archiconocido precepto Hacer trabajar al dinero es, en el fondo, más teológico que económico. Trabajar (laborare) significa sufrir. Se trata, pues de hacer sufrir al Dinero, que es Dios.


... Hasta se lo hace sudar, sudar la sangre de los pobres. Multitudes revientan en usinas y en negra catacumbas para que las vírgenes engendradas por exquisitos capitalistas puedan exhibir la sonrisa de la Gioconda. A eso se lo llama "hacer trabajar al dinero".


... Y el rostro pálido de Cristo es más pálido en el fondo de los pozos, y entre el fuego.


"La más hermosa niña del mundo puede dar sólo lo que tiene..." Ocurrió esto en los alrededores de Suly-sur-Loire. Acosado por los prusianos, el ejército francés, pocos días antes victorioso, se desbandaba por los caminos. Desastre total. El frío era terrible, desesperante.


Cuatro muchachos de un regimiento llegaron una triste noche, como lobos, a una casa solitaria, cerca del bosque. Desconocían el paradero de su columna, y la verdad es que ya no les interesaba saberlo, agotados por la fatiga, el frío y el hambre. Comer cualquier cosa y dormir en un rincón tibio era su única ambición, su deseo supremo. Por desgracia, la casa no era el lugar soñado. Parecía estar más frío adentro que afuera y, por mucho que buscaron no encontraron un trozo de pan o de carne, ni una botella de vino, ni nada comestible ni potable. Se trataba, evidentemente, de una casa abandonada desde hacía semanas.


La búsqueda se hizo penosamente, a la luz de algunos fósforos y un cabo de vela. Tampoco consiguieron carbón o leña, y no tenían herramientas para destrozar el maderamen de las habitaciones. Por un momento pensaron en prender fuego a la casa misma, pero pronto comprendieron que nada calienta peor que un incendio, y que, después de todo, más valía el abrigo de aquel techo que el espectáculo de las estrellas. Además, no convenía llamar la atención, pues no sabían quiénes podían andar en las cercanías. Muertos de cansancio, y más hambrientos que nunca, terminaron por acostarse sobre los duros colchones de heno y trataron de dormir. Pero este mediocre reposo duró poco. La puerta se abrió de pronto con violencia y entraron tres franceses, perseguidos por una patrulla bávara, mandada por un oficial que enfocaba hacia ellos el rayo amarillo de su linterna. Una descarga de fusilería saludó la entrada de los franceses en el recinto. Los durmientes se habían incorporado de un salto y la puerta quedó, en un segundo, cerrada, trancada y atrincherada.


Hasta el amanecer, que demoró en llegar, los siete hombres tuvieron tiempo para conocerse y compartir su hambre. Con las primeras luces del día, comenzó el asedio. Intentaron defenderse, pero ¿qué podían hacer contra una multitud? Uno de ellos tuvo la suerte de caer muerto arma en mano. Los otros, arrinconados y exánimes, se entregaron. La cuenta fue ajustada a tambor batiente; los prusianos tenían pocas contemplaciones y los fusilamientos eran cosa corriente.


He aquí, en pocas palabras, lo que ocurrió. A último momento, el más joven de los desdichados pidió, como última gracia el favor de comer un pedazo de pan antes de morir. El oficial prusiano, personaje de una atroz fealdad, queriendo probar que al menos tenía clase, señaló con un ademán los fusiles del pelotón y dijo, en un francés grotesco, estas palabras, seguidas de la orden de fuego:


— "La más hermosa niña del mundo puede dar sólo lo que tiene..."


Cuando un burgués me habla de la más hermosa niña del mundo, pienso que no sabe lo que es la muerte, y que acaso aquel pobre muchacho, después de treinta años, siga teniendo hambre.







* foto:Léon Bloy 1887







Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...