MEMORIA
























He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Van Gogh

Vincent Van Gogh
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.⁠·⁠´⁠¯⁠`⁠´⁠¯⁠`⁠·⁠.Rainer Maria Rilke༼⁠;⁠´⁠༎ຶ⁠ ⁠۝ ⁠༎ຶ⁠༽





Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa".


Rainer Maria Rilke






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sábado, 17 de agosto de 2013

René Daumal -Poesía negra y Poesía blanca-






René Daumal:
Poesía negra y Poesía blanca (*)


     


Andrius Kovelinas










    La poesía, como la magia, es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.

    La mismas disposiciones innatas ordenan la maquinaria del poeta blanco y del poeta negro. Algunos las consideran como un don misterioso o señal de las potencias superiores; otros, como una imperfección o maldición. No importa. ¡O, más bien, sí! Importaría mucho, pero aún no hemos llegado a ser capaces de comprender nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiese, se libraría de ellas. El poeta blanco busca comprender su naturaleza de poeta, de liberarse y poder servirse de ella. El poeta negro, al utilizarla, se esclaviza a ella.

    ¿Pero qué representa ese «don» que es común a todos los poetas? Es un vínculo particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de manera tal que cada manifestación, de cada una de ellas, no es un signo exclusivo, sino que puede devenir, por una resonancia interior, en el signo de la emoción que representa, en un momento dado, el color o el sonido o el gusto de sí mismo. Esta emoción central, profundamente oculta en nosotros, no vibra ni brilla sino en raros instantes. Estos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos, sensaciones, gestos y palabras, en tal momento, serán signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significado llegue a materializarse por medio de una imagen afirmada en palabras, especialmente entonces diremos que es poeta. He aquí lo que denominamos como «don poético», a falta de un saber mayor.

    El poeta posee una noción más o menos confusa acerca de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree que tiene el mérito de ese don, piensa que es él quien realiza voluntariamente los poemas. O bien, abandonándose a un mecanismo de significaciones resonantes, se jacta de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría escogido como su intérprete. En ambos casos, el don poético se encuentra al servicio del orgullo y de la falsa imaginación. Combinador o inspirado, el poeta negro se miente a sí mismo y cree ser alguien. Orgullo, mentira, todavía un tercer término lo caracteriza: pereza. No porque no se agite ni se esfuerce, o lo parezca desde afuera. Pero toda esta agitación se realiza ella sola, él se guarda de intervenir, con su en sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni verse pobre y desnudo, que cada uno de nosotros se esfuerza por ocultar bajo sus máscaras. Es el «don» que opera en él, que disfruta como un mirón y sin mostrarse, arropándose con él como el cangrejo ermitaño de vientre blando se abriga y proteje bajo su concha de múrice, hecha para producir púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo a no tener otra riqueza que las responsabilidades que se asumen, es de esta pereza que yo hablo –¡oh, madre de todos mis vicios!

    La poesía negra es tan grande en sus prestigios como el sueño o el opio. El poeta negro experimenta todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes –en su imaginación. El poeta blanco prefiere la realidad antes que las ricas mentiras, incluso aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, aún cuando sufra por él y sufra de sufrir por él, trata de hacerlo servir a fines superiores a sus deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de este don.

    No diré: tal es un poeta blanco, tal otro un poeta negro. Sería rebajar las ideas a opiniones, discusiones y error. Incluso no diré: tal posee el don poético, tal otro no lo posee. ¿Lo poseo yo? A veces lo dudo, a veces creo estar seguro de ello. Jamás tengo la certeza definitiva. Cada vez el problema vuelve a plantearse. Cada vez que el alba renace, el misterio está allí, enteramente. Pero si he sido poeta, ciertamente he sido un poeta negro, y si mañana debo ser un poeta, deseo ser un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es el producto de la mezcla entre lo blanco y lo negro: pero una tiende hacia lo blanco, mientras la otra hacia lo negro.

    Aquella que tiende hacia lo blanco, no requiere para ello de esfuerzo alguno. Sigue la pendiente natural y subhumana. No requiere de esfuerzo para jactarse, soñar, mentirse y holgazanear; ni para calcular y combinar, cuando cálculos y combinaciones están al servicio de la vanidad, la imaginación, la inercia. Pero la poesía blanca marcha contra la corriente, remonta la corriente como la trucha, para ir a engendrar en la fuente viva. Ella enfrenta, con su fuerza y su astucia, las extravagancias de los rápidos y los remolinos, no se deja distraer por el centelleo de las burbujas que pasan, ni arrastrar por la corriente hacia los suaves valles cenagosos.

    ¿Cómo encara esta lucha, el poeta que quiere llegar a ser un poeta blanco? Diré cómo yo trato de encararla en mis raros mejores momentos, a fin de que un día, si llego a ser poeta, de mi poesía, por gris que ella sea, emane al menos un deseo de blancura.

    Distinguiré tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la de la vestidura de imágenes y la de la expresión verbal.

    Todo poema nace de un germen, obscuro al comienzo, que es necesario volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece obscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para ayudarle a brillar es necesario hacer silencio, porque este germen es la Cosa-a-decir-en-sí-misma, la emoción central que a través de mi máquina busca expresarse. En sí misma la máquina es obscura, pero gusta proclamarse luminosa, y hasta llega a hacerlo creer. Puesta de inmediato en movimiento por el impulso del germen, pretende actuar por su propia cuenta, para exhibirse, y por el placer vicioso de cada una de sus palancas y sus engranajes. ¡Siencio, entonces, máquina! ¡Funciona y cállate! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los recuerdos fortuitamente conjugados, silencio a la ambición, al deseo de brillar –porque sólo la luz brilla por sí misma–, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, silencio al gallo que cree hacer despuntar el sol! Y el silencio aparta las tinieblas, comienza a dar luz, iluminando, no iluminado. He aquí lo que habría que hacer. Es muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe en recompensa un pequeño destello de luz. La Cosa-por-decir se aparece entonces, en lo más íntimo de sí misma, como una certeza eterna –conocida, reconocida y a un mismo tiempo esperada–, un punto luminoso que contiene la inmensidad del deseo de ser.

    La segunda fase, es la vestidura del germen luminoso –que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido–, su investidura por las imágenes que lo manifestarán. Se hace allí necesario, pasando revista a las imágenes, rechazar y encadenar en su sitio aquellas que no quieran servir sino a la facilidad, la falsedad y el orgullo. ¡Y hay algunas tan bellas, que uno quisiera mostrar! Pero, una vez hecho el orden, es necesario dejar que sea el mismo germen quien escoja la planta o el animal de los que va a revestirse para otorgarles la vida.

    Y sigue, en tercer lugar, la expresión verbal, donde cuentan no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y el savoir-faire exteriores. El germen posee su propia respiración. Su aliento se apodera de los mecanismos de expresión comunicándoles su cadencia. Hace falta, en principio, que esos mecanismos se encuentren bien aceitados y suficientemente descansados, para que no se pongan a bailar su danza ellos solos, a escandir metros incongruentes. Y, al mismo tiempo que recoje en su aliento los sonidos del lenguaje, la Cosa-por-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? He allí el misterio. No a partir de una combinación intelectual: le llevaría demasiado tiempo; tampoco instintivamente: el instinto no inventa. Este poder se ejerce por la relación particular que existe entre los elementos de la maquinaria del poeta, y que une, en una sola sustancia viviente, materias tan disímiles como la emoción, las imágenes, los conceptos y los sonidos. La vida de este nuevo organismo, constituye el ritmo del poeta.

    El poeta negro hace prácticamente lo contrario, aunque en él se efectúe la exacta semblanza de estas operaciones. Su poesía le descubre numerosos mundos, ciertamente, pero se trata de mundos sin Sol, alumbrados por cien lunas fantásticas, poblados de fantasmas, adornados con espejismos y, a veces, empedrados de buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, de un único Sol, sin atractivos, real.

    He dicho lo que debería hacerse para llegar a ser un poeta blanco. ¡Falta todavía que yo llegue a serlo! Incluso en la prosa, la palabra y la escritura habituales –como en todos los aspectos de mi vida cotidiana– lo que produzco es gris, cháchara, mancha, mezcla de luz y de obscuridad. Entonces, después, vuelvo a emprender la lucha. Me vuelvo a leer. Entre mis frases encuentro palabras, expresiones, parásitos que no le sirven a la Cosa-por-decir; una imagen que ha querido ser extraña, un retruécano que se ha creído atrevido, pedanterías de un cierto patán que hubiera debido quedarse sentado en su escritorio en vez de venir a ejecutar su chirimía en mi cuarteto de cuerdas, y, cosa remarcable, al mismo tiempo falta de gusto, estilo e incluso de sintaxis. La misma lengua parece estar dispuesta a denunciarme a los intrusos. Pocas faltas son puramente técnicas. Casi todas son mis faltas. Y tacho, corrijo, con la alegría que puede experimentarse al cortase del cuerpo un trozo engangrenado.

 1941






Traducción: Juan Carlos Otaño
(*) “Poésie noire et poésie blanche”, en Chaque fois que l'aube paraît , Gallimard ,
París, 1953 (págs. 227-231).







 Le grand jeu







El piano, Ocnos, LUIS CERNUDA







El piano








Pared frontera de tu casa vivía la familia de aquel pianista, quien siempre ausente por tierras lejanas, en ciudades a cuyos nombres tu imaginación ponía un halo mágico, alguna vez regresaba por unas semanas a su país y a los suyos. Aunque no aprendieras su vuelta por haberle visto cruzar la calle, con su aire vagamente extranjero y demasiado artista, el piano al anochecer te lo decía.

Por los corredores ibas hacia la habitación a través de cuya pared él estudiaba, y allí solo y a oscuras, profundamente atraído mas sin saber por qué, escuchabas aquellas frases lánguidas, de tan penetrante melancolía, que llamaban y hablaban a tu alma infantil, evocándole un pasado y un futuro igualmente desconocidos.

Años después otras veces oíste los mismos sones, reconociéndolos y adscribiéndolos ya a tal músico de ti amado, pero aún te parecía subsistir en ellos, bajo el renombre de su autor: la vastedad. La expectación de una latente fuerza elemental que aguarda un gesto divino, el cual, dándole forma, ha de hacerla brotar bajo la luz.

El niño no atiende a los nombres sino a los actos, y en éstos al poder que los determina. Lo que en la sombra solitaria de una habitación te llamaba desde el muro, y te dejaba anhelante y nostálgico cuando el piano callaba, era la música fundamental, anterior y superior a quienes la descubren e interpretan, como la fuente de quien el río y aun el mar sólo son formas tangibles y limitadas.







De: Ocnos, LUIS CERNUDA














viernes, 5 de julio de 2013

René Daumal, Hechos Memorables








 
René Daumal 

Hechos Memorables, de Poesía negra, Poesía blanca  














    Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.

    Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.

    Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.

    Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.

    Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.

    Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.

    Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés ( y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso “Yo soy” que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.

    Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.

    Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.

    Acuérdate de tu guardián.

    Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.

    Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.

    Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.

    Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.

    Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenegal de tu corazón.

    Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el yugo!

    Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.

    Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída.

    Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único.







René Daumal











 

domingo, 12 de mayo de 2013

Walter Pater, El Renacimiento.






               El
                       Renacimiento

                                          Walter Pater



La Gioconda Leonardo da Vinci, 1503-1519






La presencia que de tan extraño modo se alzó a la orilla del agua expresa lo que en el transcurso de miles de años los hombres han llegado a desear. Hacia su cabeza “convergen todos los fines del mundo”, y sus párpados están un poco cansados. Su belleza está creada en el interior y recreada en el cuerpo, que es recipiente, en cada una de sus células, de pensamientos raros, de ensueños fantásticos, de pasiones exquisitas. Colocadla un instante junto a una blanca diosa griega o frente a cualquier bella mujer de la antigüedad y las veréis quedar turbadas ante esta figura en la que se infiltraron las inquietudes del alma. Todos los pensamientos, todas las experiencias del mundo la modelaron mediante un máximo poder de refinar la forma exterior y hacerla expresiva: el animalismo de Grecia, la lujuria de Roma, la mística de la Edad Media con sus ambiciones espirituales y sus amores sublimados, y el retorno del mundo pagano y los pecados de los Borgias. Es más antigua que las rocas entre las cuales se sienta; como el vampiro ha estado muerta incontables veces y conoce los secretos de la tumba; ha descendido a la profundidad de los mares, cuya luz mortecina perdura alrededor suyo; ha traficado en extraños tejidos con los mercaderes del Oriente; como Leda, ha sido madre de Helena de Troya, y como Santa Ana, madre de María; y todo esto no fue para ella más que el canto de liras y flautas y sólo perdura en la delicadeza con que se moldearon sus rasgos cambiantes y el color que le ha teñido párpados y manos.


 (Walter Pater, El Renacimiento. Traducción de J. de la C.)














sábado, 11 de mayo de 2013

La caída de Ícaro






La caída de Ícaro



Paisaje con la caída de Ícaro, 1558, Brueghel,
Pieter de Oude - De val van Ícaro




Boceto para La caída de Ícaro







Islitas relucientes en el mar,
fragatas de incierta procedencia,
las islas atesoran gran cultura,
así, entre las diecinueve y las veinte horas
o sea, al anochecer,
mas, no,
aún no es tan tarde pues un campesino,
uno de esos hombres laboriosos que se desloman para reunir unas monedas,
trabaja todavía en su campo
como un héroe agrícola,
juega su juego, gana su magro dinero,
la tierra es pardo negruzca.
Un ser alado a punto está de confiarse
al aire, más tarde lo veremos
agitándose en el éter.
De maravillosa picardía
la mirada de la luna, uno se sienta
admirado sobre el templo de la naturaleza,
encima de una piedra prehistórica,
limitándose a contemplar
a un pajarillo canoro, volador, enamorado de sus trinos,
mientras sus ovejas, abandonadas a sí mismas,
pacen tranquilas en el pálido poniente
adornado de tonos rojizos.
¡Ay, dolor! una mano
gesticula en mudo grito de ayuda desplomándose
desde lo alto,
y cómo sonríe, alegre, la bahía
con máxima afectación, porque él juró
que vencería a la gravedad
sobre el mar,
se casaría feliz
con la divina belleza en el azur
y se burlaría de las raíces de la tierra, mas
se convierte en excelente maestrillo en volteretas
y ahora habrá percibido
su relativa pequeñez.
No obstante, loables son los dones
del espíritu emprendedor, lo que he escrito aquí
se lo debo a un cuadro de Brueghel enraizado en mi memoria
y al que tributé el máximo respeto
porque me pareció una espléndida pintura.
Cualquier afán
por elevarnos
sobre la vulgaridad
tiene un límite en la vida.



Robert Walser, Ante la pintura (Ed. Siruela)













martes, 16 de abril de 2013

De la gracia y la dignidad, Federico Schiller







De la gracia y la dignidad, Federico Schiller 






Verdad es que un hombre puede, por arte y estudio, llegar realmente hasta someter a su voluntad también los movimientos acompañantes, y, como hábil juglar, proyectar sobre el espejo mímico de su alma la figura que desee. Pero en semejantes hombres todo es entonces mentira, y toda naturaleza es devorada por el artificio. Por el contrario, la gracia, en todo momento, debe ser naturaleza, es decir, debe ser involuntaria (o al menos parecerlo), y el sujeto mismo no ha de dar nunca la impresión de que es consciente de su
gracia.

De ahí se desprende, a la vez, cómo debemos considerar la gracia imitada o aprendida (la que yo llamaría gracia teatral y gracia de maestro de danzas). Es un digno pendant de esa belleza que proviene del tocador, a fuerza de colorete y albayalde, de rizos fingidos, de fausses gorges y armazones de ballena, y es a la verdadera gracia poco más o menos lo que la belleza cosmética a la arquitectónica.*

En un espíritu no ejercitado pueden ambas hacer absolutamente el mismo efecto que el original que imitan; y, si el arte es grande, puede a veces engañar también al experto.

Pero, no obstante, por cualquier rasgo acaba por asomar lo forzado e intencional, y entonces la indiferencia, cuando no hasta el desprecio y la repulsión, es el efecto inevitable. Apenas nos damos cuenta de que la belleza arquitectónica es artificial, vemos disminuida la humanidad (como fenómeno) precisamente en la medida en que se le han agregado elementos de un dominio, natural ajeno; y ¿cómo podríamos nosotros, que ni perdonamos el abandono de una ventaja accidental, mirar con placer, o siquiera con indiferencia, un trueque por el cual se ha dado una parte de la humanidad a cambio de la naturaleza común? ¿Cómo no habríamos de despreciar el fraude, aunque pudiéramos perdonar el efecto logrado? En cuanto notamos que la gracia es artificial, se nos cierra al punto el corazón y se retrae el alma que se cernía a su encuentro. Vemos de repente que el espíritu se ha vuelto materia, y la divina Juno un fantasma de nubes.






*Al hacer esta comparación, tan lejos estoy de negar al maestro de danzas su mérito en materia de verdadera gracia, como al actor sus derechos a ella. El maestro de danzas acude, indudablemente, en ayuda de la verdadera gracia al proporcionar a la voluntad el dominio sobre sus instrumentos y allanar los obstáculos que la masa y la gravedad oponen al juego de las fuerzas vivientes. 


Y esto no lo puede lograr sino de acuerdo con reglas que mantienen el cuerpo en un adiestramiento saludable y que, mientras la pureza opone resistencia. pueden ser rígidas, es decir, coercitivas, y pueden también parecerlo. Pero en cuanto da por terminada su enseñanza, la regla debe haber prestado ya en el aprendiz sus servicios, de suerte que no tenga que acompañarlo en el mundo: en suma, la acción de la regla debe volverse naturaleza. El menosprecio con que hablo de la gracia teatral solo vale para la imitada, que no vacilo en rechazar, tanto en la escena como en la vida. Confieso que no me agrada el actor que, por muy bien que haya logrado la imitación, ha estudiado su gracia en el tocador. Los requisitos que exigimos del actor son: 1° Verdad de la representación, y 2° Belleza de la representación. Ahora bien, afirmo que el actor, en lo que toca a la verdad de la representación, deba producirlo todo por arte y nada por naturaleza, pues de lo contrario no es de ningún modo artista; y lo admiraré, si oigo y veo que el mismo que desempeña magistralmente un papel de güelfo furioso es un hombre de carácter apacible; sostengo, en cambio, que, en cuanto a la gracia de la representación. nada tiene que deber al arte y todo ha de ser, en el actor, libre acción de la naturaleza. Si en la naturalidad de su desempeño advierto que su carácter no le es apropiado, lo estimaré por ello tanto más; si en la belleza de su desempeño advierto quo esos graciosos movimientos no le son naturales, no podré menos de enfadarme con el hombre que ha tenido que llamar al artista en su ayuda-La causa está en que la esencia de la gracia desaparece con su naturalidad y en que la gracia es, de todos modos, una exigencia que nos creemos autorizados a hacer al hombre como tal. Pero ¿qué responderé al artista mímico deseoso de saber cómo ha de llegar a la gracia si no debe aprenderla? Mi opinión es que ha de procurar, ante todo, que dentro de si mismo madure la humanidad, y vaya luego, siempre que tal sea su vocación, a representarla en escena.












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