MEMORIA
























He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Van Gogh

Vincent Van Gogh
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.⁠·⁠´⁠¯⁠`⁠´⁠¯⁠`⁠·⁠.Rainer Maria Rilke༼⁠;⁠´⁠༎ຶ⁠ ⁠۝ ⁠༎ຶ⁠༽





Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa".


Rainer Maria Rilke






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lunes, 9 de diciembre de 2013

Cesare Pavese "El inconsolable", Diálogos con Leucó







Cesare Pavese

"El inconsolable", 

Diálogos con Leucó

(1947)





 Orfeo y Eurídice, Edward John Poynter






(Hablan Orfeo y Bacante)





ORFEO: Ocurrió así. Subíamos el sendero que atraviesa el bosque de las sombras. Estaban ya lejos el Cocito , la Estigia, la barca, los lamentos. Por entre las hojas se vislumbraba el cielo. Oía a mis espaldas el leve rumor de sus pasos. Yo estaba todavía allá abajo y sentía encima aquel frío. Pensaba que algún día debería volver allí, que lo que ha sido volverá a ser. Pensaba cómo fue la vida con ella; que otra vez terminaría. Lo que he sido, será. Pensaba en aquel hielo, en aquel vacío que había atravesado y que ella llevaba dentro de los huesos, en la médula, en la sangre. ¿Valía la pena revivirla? Pensé en eso y entreví el resplandor del día. Entonces dije: “Que se termine”, y me di vuelta. Eurídice desapareció como se apaga una vela. Sentí solamente un chillido, como el de un ratón que se escapa.

BACANTE: Extrañas palabras, Orfeo. Casi no puedo creerlas. Aquí se decía que eras amado por los dioses y las musas. Muchas de nosotras te siguen porque te saben enamorado y desdichado. Estabas tan enamorado que —sólo entre los hombres— franqueaste la puerta de la nada. No, no te creo, Orfeo. No ha sido culpa tuya si el destino te ha traicionado.

ORFEO: ¿Qué tiene que ver en esto el destino? Mi destino no traiciona. Seria ridículo que después de aquel viaje, después de haber visto cara a cara la nada, me diese vuelta por error o por capricho.

BACANTE: Aquí se dice que fue por amor.

ORFEO: Nadia ama a quien ha muerto.

BACANTE: Sin embargo, has llorado por montes y colinas —la has buscado y llamado—, has descendido al Hades. ¿Qué era eso?

ORFEO: Tú dices que eres como un hombre. Sabrás entonces que un hombre no sabe qué hacer con la muerte. La Eurídice que he llorado era una estación de la vida. Yo no buscaba allá abajo su amor, sino algo muy distinto. Buscaba un pasado que Eurídice ignora. Lo he comprendido entre los muertos, mientras cantaba mi canto. He visto a las sombras ponerse rígidas, con la mirada vacía; cesar los lamentos; a Perséfone esconderse el rostro, y al mismo tenebroso-impasible Hades escuchar como un mortal. He comprendido que los muertos ya no son nada.

BACANTE: El dolor te ha trastornado, Orfeo. ¿Quién no querría volver al pasado? Eurídice había casi renacido.

ORFEO: Para luego morir nuevamente, Bacante. Para llevar en su sangre el horror del Hades y temblar a mi lado día y noche. Tú no sabes lo que es la nada.

BACANTE: Y si tú, que cantando habías recuperado el pasado, lo has rechazado y destruido. No, no lo puedo creer.

ORFEO: Compréndeme, Bacante. Fue un verdadero pasado solamente en el canto. El Hades se vio a sí mismo solamente escuchándome. Ya al subir el sendero aquel pasado se desvanecía, se volvía recuerdo, sabía a muerte. Cuando me llegó el primer resplandor del cielo, retocé como un niño, feliz e incrédulo, retocé por mí mismo y por el mundo de los vivos. La estación que había buscado estaba allá, en aquel resplandor. Nada me importó aquella que me seguía. Mi pasado fue la claridad, fue el canto y la mañana. Y me di vuelta.

BACANTE: ¿Cómo has podido resignarte, Orfeo? A quien te vio cuando volvías, tu rostro le infundió miedo. Eurídice había sido para ti una existencia.

ORFEO: Tonterías. Eurídice, al morir, se convirtió en otra cosa. Aquel Orfeo que descendió al Hades ya no era esposo ni viudo. Lloré como lo hacemos cuando somos muchachos: un llanto del que sonreímos después al recordarlo. La estación ha pasado. No la buscaba ya a ella, llorando, sino a mí mismo. Un destino, si quieres. Me escuchaba.

BACANTE: Muchas de nosotras te siguen porque creyeron en tu llanto. ¿Entonces, nos has engañado?

ORFEO: Oh, Bacante, Bacante, ¿no quieres verdaderamente comprender? Mi destino no traiciona. Me he buscado a mí mismo. Nunca buscamos otra cosa.

BACANTE: Aquí nosotras somos más simples, Orfeo. Aquí creemos en el amor y en la muerte; lloramos y reímos con todos. Nuestras fiestas más alegres son aquellas donde corre la sangre. Nosotras las mujeres de Tracia, no tememos estas cosas.

ORFEO: Visto del lado de la vida, todo es bello Pero créele a quien ha estado entre los muertos… No vale la pena.

BACANTE: En otro tiempo no eras así. No hablabas de la nada. Acercarse a la muerte nos hace semejantes a los dioses. Tu mismo enseñabas que una ebriedad derrumba la vida y la muerte, nos hace más humanos… Tú has visto la fiesta.

ORFEO: No es la sangre lo que cuenta, muchacha. Ni la ebriedad ni la sangre me causan impresión. Pero es muy difícil decir qué es un hombre. Tampoco tú, Bacante, lo sabes.

BACANTE: Nada sería sin nosotras, Orfeo.

ORFEO: Lo decía y lo sé. Pero después de todo, ¿qué importa? Sin vosotras, descendí al Hades…

BACANTE: Descendiste a buscarnos.

ORFEO: Pero no os he encontrado. Quería algo muy distinto. Algo que al volver a la luz he encontrado.

BACANTE: En otro tiempo cantabas a Eurídice en los montes…

ORFEO: El tiempo pasa, Bacante. Los montes están, Eurídice ya no está. Estas cosas tienen un nombre y se llaman hombre. De nada vale aquí invocar a los dioses de la fiesta.

BACANTE: También tú los invocabas.

ORFEO: Todo lo hace un hombre en la vida. Todo lo cree, en sus días. Hasta cree que su sangre corre a veces por las venas de los otros. O que lo que ha sido pueda deshacerse. Cree romper el destino con la ebriedad. Todo esto lo sé y no es nada.

BACANTE: No sabes qué hacer con la muerte, Orfeo, y tu pensamiento es solamente muerte. Hubo un tiempo en que la fiesta nos tornaba inmortales.

ORFEO: Y gozad vosotras de la fiesta. Todo es lícito para quien nada sabe todavía. Es necesario que todos desciendan alguna vez a su infierno. La orgía de mi destino ha terminado en el Hades; ha terminado cantando, según mi costumbre, la vida y la muerte.

BACANTE: ¿Y qué quiere decir que un destino no traiciona?

ORFEO: Quiere decir que está dentro de ti, que es cosa tuya; más profundo que la sangre, mas allá de toda ebriedad. Ningún dios puede tocarlo.

BACANTE: Puede ser, Orfeo. Pero nosotras no buscamos a ninguna Eurídice. ¿Por qué entonces también nosotras descendemos al infierno?

ORFEO: Cada vez que se invoca a un dios, se conoce la muerte. Y se desciende al Hades para arrebatar algo, para violar un destino. No se vence a la noche y se pierde la luz. Nos debatimos como obsesos.

BACANTE: Dices cosas malas… ¿Entonces también tú has perdido la luz?

ORFEO: Estaba casi perdido y cantaba. Comprendiendo, me encontré a mí mismo.

BACANTE: ¿Vale la pena encontrarse de este modo? Hay un camino más simple de ignorancia y de alegría. El dios es como un señor entre la vida y la muerte. Nos abandonamos a su ebriedad, desgarramos o somos desgarradas. Renacernos cada vez y nos despertamos como tú en el día.

ORFEO: No hables del día, del despertar. Pocos hombres lo saben. Ninguna mujer como tú sabe lo que es.

BACANTE: Quizá por eso te siguen las mujeres de Tracia. Tú eres para ellas como el dios. Has descendido de los montes. Cantas versos de amor y de muerte.

ORFEO: Tonta. Contigo al menos se puede hablar. Un día tal vez serás como un hombre.

BACANTE: Siempre que antes las mujeres de Tracia…

ORFEO: Di.

BACANTE: Siempre que antes no devoren al dios.






(Traducción de Marcella Milano)
(De Diálogos con Leucó, 1947)





Orfeo y Eurídice, Peter Paul Rubens





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ÓPERA






Laurence Equilbey dirige Orphée et Eurydice de Gluck









Gluck Orphee et Eurydice Kozena











viernes, 6 de diciembre de 2013

LEER, Cesare Pavese







LEER

Cesare Pavese

Artículo publicado en "L´Unità" de Turín, 20 Junio 1945.







Es verdad que no hay que cansarse de pedir a los escritores claridad, sencillez y solicitud ante las masas que no escriben, pero a veces también llegamos a dudar de que todos sepan leer. Leer es muy fácil, dicen aquellos que en virtud de su largo trato con los libros han perdido el respeto a la palabra escrita; pero aquel que más que con libros trata con hombres y cosas, y sale cada mañana para regresar por la noche encallecido, cuando se le presenta la ocasión de enfrascarse en una página advierte que tiene ante sí algo ingrato y raro, algo evanescente y al mismo tiempo duro que lo agrede y lo desalienta. Huelga decir que este último está más cerca que el otro de la vedadera lectura.

Con los libros ocurre lo mismo que con las personas, han de tomarse en serio. Pero precisamente por ello debemos guardarnos bien de convertirlos en ídolos, es decir, en instrumentos de nuestra pereza. En este aspecto, el hombre que no vive entre libros y acude a ellos con esfuerzo posee un capital de humildad, de inconsciente fuerza - la única que vale – que le permite acercarse a las palabras con el respeto y la ansiedad con que nos acercamos a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la "cultura"; más aún: es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los demás, actitud caritativa con los demás, que es en fin de cuentas la única manera de comprendernos y amarnos a nosotros mismos; la cultura empieza por aquí. Los libros no son los hombres, son los medios para llgar a ellos; quien ama los libros pero no ama a los hombres es un fatuo o un réprobo.

Hay un obstáculo para la lectura (es el mismo en todas las esferas de la vida): la excesiva confianza en uno mismo, la falta de humildad, la negativa a aceptar lo otro, lo diferente. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que otro ha mirado, no precisamente más lejos que nosotros, sino de manera diferente. Estamos hechos de mezquina costumbre. Nos gusta asombrarnos, como los niños, pero no demasiado. Cuando el estupor nos exige salir verdaderamente de nosotros mismos, perder el equilibrio para recobrar otro acaso más precario, entonces fruncimos el ceño y pataleamos, volvemos en verdad a ser niños. Pero de éstos nos falta la virginidad, que es la inocencia. Nosotros tenemos ideas, gustos, hemos leído precisamente unos cuantos libros: poseemos algo, y como todos los propietarios tememos por ese algo.

Todos, lamentablemente, hemos leído. Y así como a menudo los más pequeños burgueses se aferran al falso decoro y a los prejuicios de clase mucho más que los desenvueltos aventureros del gran mundo, así el ignorante que ha leído algo se aferra ciegamente al gusto, a la trivialidad, al prejuicio que allí ha sorbido, y a partir de entonces, si le sucede volver a leer, todo lo juzga y condena según aquel rasero. Es muy fácil aceptar la perspectiva más trivial e instalarse en ella, al calor del consenso de la mayoría. Es muy cómodo suponer que se han acabado los esfuerzos y ya conocemos la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y cobarde. Es como creer que regalando de vez en cuando una moneda al mendigo quedamos desligados de nuestro eterno y temible deber de caridad. Nada haremos aquí sin respeto y humildad: la humildad que abre brecha en nuestra sustancia de orgullo de y pereza y el respeto que nos persuade de la dignidad del otro, de lo diferente, del prójimo en cuanto tal.

Hablamos de libros. Es sabido que cuanto más franca y llana es la voz de un libro, tanto más dolor y ansiedad le ha costado a su autor. Por lo tanto es inútil confiar en sondearlos sin sufrir las consecuencias. Leer no es fácil. Y quien, como suele decirse, ha estudiado, quien se mueve ágilménte en elmundo del conocimiento y del gusto, quien tiene tiempo y medios para leer, demasiado a menudo carece de alma, está muerto para la caridad, está acorazado y endurecido por el egoísmo de casta. En cambio, aquel que anhela tener acceso al mundo de la fantasía y del pensamiento casi siempre carece de los primeros elementos: le falta el alfabeto de todo lenguaje, no le sobra ni tiempo ni fuerzas, o peor aún, ha sido descarriado por una falta de preparación, por la propaganda que bloquea y desfigura los valores. Quienquiera que se enfrente con un tratado de física, un texto de contabilidad o la gramática de un idioma sabe que existe una preparación específica , una mínima cantidad de nociones indispensables para sacar provecho de la nueva lectura. ¿Cuántos se dan cuenta de que se necesita un análogo bagaje técnico para aproximarse a una novela, una poesía o un ensayo, y que estas nociones técnicas son inconmesurablemente más complejas, sutiles y huidizas que aquellas otras, y que no están en ningún manual ni en ninguna biblia? Todos piensan que un relato o una poesía, por el hecho de no dirigirse al físico, al contable o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, es naturalmente asequible para la ordinaria atención humana. Pero, por otra parte, eso de que poetas, narradores y filósofos se dirijan al hombre así, en absoluto, al hombre abstracto, al Hombre , es una tonta fantasía. Ellos se dirigen al individuo de una determinada época y situación, al individuo que tiene determinados problemas y que, a su manera, trata de resolverlos, incluso y sobre todo cuando lee novelas. Por consiguiente, para comprender las novelas será necesario situarse en la época y proponerse los problemas; lo cual en este campo, implica en primer liugar aprender los lenguajes, la necesidad de los lenguajes. Convencerse de que si un escritor elige ciertas palabras, ciertas entonaciones y actitudes insólitas, tiene por lo menos el derecho a no ser inmediatamente condenado en nombre de una lectura precedente donde actitudes y palabras estaban más ordenadas, eran más fáciles o tan sólo diferentes. Este asunto del lenguaje es el más llamativo, pero no el más peliagudo. Es cierto que todo es lenguaje en un escritor que lo sea de veras, pero basta justamente haber comprendido esto para encontrarse en un mundo de lo más vivo y complejo, donde el problema de una palabra, de una inflexión o una cadencia se vuelve enseguida un problema de modo de vida, de moralidad. O de política, sin más.

Y que con esto sea suficiente. El arte, como suele decirse, es una cosa seria. Es por lo menos tan seria como la moral o la política. Pero si tenemos el deber de aproximarnos a estas últimas con esa modestia que es búsqueda de claridad – caridad con los demás y dureza con nostros mismos -, no se ve con qué derecho ante una página escrita olvidamos que somos hombres y que un hombre nos habla.













lunes, 4 de febrero de 2013

Alter Ego, Cesare Pavese







Alter Ego,

Cesare Pavese








Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje
en su pecho sedoso: una mujer rojiza
incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí
debajo
brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.
Transcurría el día entre blasfemias y silencios.
Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva
y aferrada a su pecho peludo, ese hombre
bramaría aún fuerte en su pequeña celda.

Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.
Un profundo hálito de mar ascendía
de su cuerpo de huesos grandes y recios: estaba
tendido
al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho
como quien ha despertado y podría saltar de él.
Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba
un sudor solar. La pequeña celda
era insuficiente para el alcance de una mirada suya.
Al verle las manos, se pensaba en la mujer.





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sábado, 2 de febrero de 2013

Cesare Pavese, El paraíso sobre los tejados








El paraíso sobre los tejados







        Será un día tranquilo, de luz fría
        como el sol que nace o muere, y el cristal
        cerrará el aire sucio fuera del cielo.

        Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
        en la tibieza del último sueño: la sombra
        será como la tibieza. Llenará la estancia,
        por la gran ventana, un cielo más grande.
        Desde la escalera, subida una vez para siempre,
        no llegarán voces, ni rostros muertos.

        No será necesario dejar el lecho.
        Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
        Bastará la ventana para vestir cada cosa
        con una tranquila claridad, casi una luz.
        Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

        Será los recuerdos como grumos de sombra
        aplastados como las viejas brasas
        en el camino. El recuerdo será la llama
        que todavía ayer mordía en los ojos apagados.








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Cesare Pavese, Creación







Creación







        Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
        Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
        Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
        se me revela más limpia que los rostros aletargados.

        A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
        o a gozar la mañana. No somos distintos,
        idéntica claridad respiramos los dos
        y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
        También el cuerpo del viejo debería ser sano
        y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

        Esta mañana la vida se desliza por el agua
        y el sol: alrededor está el fulgor del agua
        siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
             descubierto.
        Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
        y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
        y la inmovilidad. Estará la compañera
        -un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
             voz.
        No hay voz que quiebre el silencio del agua
        bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
        bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
        Estremece sentir la mañana que vibre,
        virgen, como si nadie estuviese despierto.







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        Cesare Pavese


















de El Oficio de Vivir, Cesare Pavese (20 de noviembre 1937)








de El Oficio de Vivir,

Cesare Pavese









20 de noviembre 1937




Todo cuanto yo podía conceder a la «poesía pura» es el resultado de la unificación estática de cada poesía en el instante contemplativo. Falta la oratoria, al faltar el pensamiento encadenado. Todo se resolverá en una ardiente iluminación de los diversos pensamientos y de las sensaciones entrelazadas. La imagen-relato era esto. Sólo que era un relato hecho con un solo verbo (Mató – Fumó – Bebió – Gozó – etc.). El problema es cómo salir de la simple proposición y escribir períodos. ¿Será como en la novela actual? ¿Sustituir los hechos concatenados por un paisaje interior? ¿Volver a la idea de dar el pensamiento en movimiento?

(…)

La verdad del lema: «Renunciad a la tierra y la tierra os será dada por añadidura» consiste en esto: que al haber renunciado a todo, se agigantan las pequeñas cosas que aún nos quedan. Es un modo, en suma, de sacarle el jugo a las cosas mínimas habitualmente descuidadas. Y además hay esto: para los otros, el valor de las cosas que ellos mismos nos niegan, está marcada en gran parte por nuestra avidez de poseerlas. Si miramos hacia otra parte, al punto los propietarios de las cosas las verán desmerecerse entre sus manos, y nos las arrojarán. Esto para la sabiduría mundana. Pero como la sentencia pretende tener una referencia mística, de ella se sigue un gran daño para el misticismo. ¿Hasta Dios dará un valor a sus creaciones según nosotros las deseemos o no? Un Dios con complejo de inferioridad, ¡quién lo diría!















de El Oficio de Vivir, Cesare Pavese (1 de diciembre)







de El Oficio de Vivir,


Cesare Pavese











 1 de diciembre 1937




Mi felicidad sería perfecta de no ser por la huidiza angustia de hurgar en su secreto para volverla a hallar mañana y siempre. Pero quizá me confundo: mi felicidad está en esa angustia y una vez más retorna la esperanza de que acaso mañana bastará el recuerdo.














de El Oficio de Vivir, Cesare Pavese (21 de noviembre)








 de El Oficio de Vivir,

Cesare Pavese






21 de noviembre 1937



Pensar que ese cuerpo tiene un pensamiento, un despertar, un reposo, una languidez, una duración cotidiana, y que si yo fuese ese hombre tendría de veras todo eso, en la habitación contigua o ante los ojos. El día terminaría en ella: eso, eso he perdido. Y no hay fuerza humana que pueda devolvérmela. Y todo eso ha sido desperdiciado sin amor. Y no es un delito, no es un pecado, no es siquiera una incorrección: es una cosita que se hace; que no remuerde, como aplastar un mosquito.
Anímate, hay una ley moral.


























lunes, 14 de enero de 2013

SOBRE LA LUNA Y LAS FOGATAS









SOBRE LA LUNA Y LAS FOGATAS








Casa natal en Santo Stefano Belbo







 La Luna e i falò es el libro más autobiográfico de Cesare Pavese, pero también un libro donde la autobiografía es filtrada y distanciada en una contemplación serena, sin los sobresaltos o los desgarros imprevistos de las novelas precedentes. La contemplación del destino, la triste renuncia a encontrarse a sí mismo viene dada por los tres momentos en los que construye la novela: el regreso y la búsqueda, el recuerdo y la elegía, y la meditación sobre el presente y la historia que transforma y cambia el pasado.


Anguilla, el hombre que ha dejado su tierra y vuelve, figuración del mismo Pavese, es también una imagen de una situación histórica de los italianos: o realmente emigrantes en el mundo u obligados en Italia a vivir en la contradicción de una sociedad imperfectamente desarrollada. Haber expresado la realidad histórica de una situación que se hacía cada día más dura, es el mérito de este libro.


Gérard Genette, en su Nuevo discurso del relato, dice que la distinción habitual entre relatos en primera y tercera persona actúa en el interior de ese carácter inevitablemente personal de todo discurso, con arreglo a la relación (presencia o ausencia) del narrador con la historia que cuenta: la primera persona indica su presencia como personaje mencionado, la tercera persona su ausencia como tal. Es lo que también se puede denominar narración heterodiegética u homodiegética. Según este razonamiento podemos decir que La Luna e i falò es una novela escrita en primera persona, pero no es todo: en La Luna e i falò, el narrador no sólo narra sino que es el personaje mismo, nos referimos al «autor» como personaje único del libro, a cual se deben todas las reflexiones, todas las descripciones parciales de ambientes y personajes que participan en la construcción. Pavese reduce así la importancia del personaje, o mejor, casi lo anula, si pensamos en el personaje como figura que domina y determina con sus acciones el desarrollo de una trama: así Pavese no construye una historia basándose en la trama, sino que recupera más bien el aspecto fantástico que la novela naturalista había empobrecido con su exigencia de crear personajes típicos y emblemáticos. En la novela de Pavese el personaje o los personajes, se presentan en tanto en cuanto tienen una función simbólica en la economía de la historia, sin que ninguno llene de sí la narración y todos acompañan a la única matriz que es el autor, el depositario de la imagen-relato, que conoce las cosas en tanto las recuerda.


Siguiendo las consideraciones de Oscar Tacca en Las voces de la novela, aquí nos encontramos con un personaje o unos personajes como medio, como técnica, es decir, como instrumento fundamental para la visión o exploración de un mundo. Una visión del mundo que oscila entre el símbolo y el mito.


Entre símbolo y mito se coloca una actitud ética que el escritor insinúa en el fondo de su metáfora existencial. Pavese percibe la realidad como existente, pero la transforma según una concepción personal por la cual aquella realidad sale unas veces como mito y otras como memoria. Aunque después mito y memoria en el fondo para Pavese coinciden. Mito es cuando el hombre o mejor dicho el muchacho ve el mundo con ojos nuevos, descubre las cosas por primera vez, se acerca a la esencia de los dioses, de los hombres primitivos o de los objetos naturales, entonces se crea el mito. Cada conocimiento sucesivo, cada movimiento posterior hacia las cosas y el mundo ya no produce mito, nuevo conocimiento. El escritor recorre entonces las etapas de aquella mítica «primera vez» en términos de memoria y la experiencia ya vivida comienza a vivirse de otro modo que en el fondo no es demasiado distante de la sobrevaloración de la memoria que fue típica de los años 30, durante el periodo poético llamado «hermetismo». Por tanto Anguilla o el hombre en el que Anguilla se ha convertido, revive en la nostalgia y en el recuerdo su mítica «primera vez», su primer fabuloso contacto con la vida y con las cosas.


Ahora analizaremos por orden de prioridad los personajes de la novela de Pavese, insistiendo en los tres primeros que son la viva representación de su misma persona:


Anguilla no ha nacido en este pueblo: ya sabemos que es un bastardo, recogido y criado sólo porque el hospital de Alessandría les daba una pequeña mensualidad (cinco liras) a Virgilia y a Padrino. Un poco como su autor que sí ha nacido en el pueblo, pero por pura casualidad.


El regreso de Anguilla después de cuarenta años, es una tentativa de encontrarse a sí mismo, de echar raíces, para medirse con el propio pasado, para comprender que se ha hecho rico, pero que por dentro ha sido siempre un pobre campesino (como demuestran sus manos, llenas de cicatrices). Pero no sólo sus manos están marcadas, también está marcado de cara a los demás: es rico, es extraño, tiene costumbres diferentes, y no es ni de allí, ni de aquí. La Turín de Pavese, y la América de Anguilla son lugares lejanos y diferentes. Anguilla descubre que todo ha cambiado, que las personas que amaba han muerto, que las granjas están abandonadas o habitadas por gente que no conoce y que sólo el paisaje ha permanecido insensible al pasar del tiempo. Pero también se da cuenta de que, aunque hayan cambiado muchas cosas, las personas son siempre igualmente burdas y miserables.


Durante su permanencia encuentra a Cinto, que le recuerda a sí mismo cuando era niño y vuelve otra vez al pasado recordando los sucesos más importantes que le ocurrieron durante la infancia y la adolescencia, y en las personas que habían influenciado su vida. Piensa también en el amor platónico que lo unía a Silvia e Irene; relata la adolescencia de éstas y se acuerda de las fiestas a las que las llevaba, de su primer salario, cuando creía que el mundo se iniciaba y acababa en aquel pequeño pueblo sobre las colinas, y su único deseo era ser como su amigo y maestro Nuto. Son recuerdos, al mismo tiempo, dulces y amargos, de un pasado que le gustaría reconquistar, pero que sabe que no puede.


Nuto, el amigo de infancia de Anguilla, sigue en el pueblo; es el personaje que actúa sobre la escena rústico-campesina ambientada por Pavese a orillas del Belbo, en sus «Langhe». Cuando vuelve, Anguilla descubre con sorpresa que lo ha alcanzado, que ya no tiene más nada que envidiar al amigo, a aquel que había considerado un modelo de vida, pues también él, como Nuto, había estado lejos de casa, había viajado, había aprendido a medirse con los demás y a arreglárselas solo. Anguilla no lo encuentra en absoluto cambiado con el pasar de los años, en todo caso era él mismo el que había cambiado, el que por fin había madurado. Nuto, como hemos dicho ya, no es un maestro para él, sino un amigo a la par, pero sigue siendo su punto de referencia, el único con el que poder reconstruir los eventos acaecidos mientras estaba lejos y la única persona a la que pide consejo. Nuto había permanecido siempre como un recuerdo, mientras estaba lejos, y como una presencia en el corazón y en la mente del Anguilla, en el fondo de una América padecida para éste o de un Turín amado/odiado para Pavese: Nuto es el símbolo (o la alegoría) de su tierra y de su antígua sabiduría.


Nuto es también la «figura» del otro que se revela poco a poco. Nuto es el personaje que define las relaciones de clase actuales e hipotiza un posible futuro, es la figuración del compromiso político-social del escritor.
Según los cánones del neorealismo, Nuto sería el personaje positivo, el que interpreta figurativamente la ideología, pero también es el alter ego del protagonista, del que resalta las contradicciones y la inseguridad.





Su amigo Pinolo Scaglione... Nuto





Nuto representa el comunista severo que conoce sólo el trabajo y que se hace cargo del dolor de todos, mostrándose como un modelo. Es el personaje histórico de la resistencia y el que juzga la postguerra, con la miseria y las tensiones llevadas al extremo por las presiones políticas del clero, por el atentado a Togliatti, por la marginación de los militantes de izquierda en la vida política, económica, industrial. Es la ideología de Pavese, que ofrece al lector por boca de Nuto. Nuto había tomado parte en la lucha de liberación escondiendo heridos, manteniendo enlaces. Es el hombre de los equilibrios humanos que interpreta la ideología como ética:


« Soltanto ieri per strada incontrando due ragazzi che tormentavano una lucertola gli aveva preso la lucertola. Vent’anni passano per tutti.


- Se il sor Matteo ce l’avesse fatto a noi quando andavamo nella riva, - gli avevo detto, - cos’avre¬sti risposto? Quante nidiate hai fatto fuori a quei tempi?


- Sono gesti da ignoranti, - aveva detto. -Facevamo male tutt’e due. Lasciale vivere le be¬stie. Soffrono giá la ‘loro parte in inverno.


- Dico niente. Hai ragione.


- E poi, si comincia cosí, si finisce per scannarsi e bruciare i paesi. » (p. 21)


Para concluir Nuto representa la continuidad racional y la aspiración al cambio social y político:


« Lui non é andato per il mondo, non ha fatto fortu¬na. Poteva succedergli come succede in questa valle a tanti - di venir su come una pianta, d’invecchiare come una donna o un caprone, senza sapere che cosa succede al di lá dalla Bormida, senza uscire dal giro della casa, della vendemmia, delle fiere. Ma anche a lui che non si é mosso é toccato qualcosa, un destino - quella sua idea che le cose bisogna capirle. aggiustarle. che il mondo é mal fatto e che a tutti interessa cambiario.» (p. 33)


En Nuto y Anguilla hay algo de inseguridad, del remordimiento de no haber participado en la guerra, de odio por los asesinos, de ideología social y de piedad, como en nuestro escritor. Esa piedad de Pavese que se refugia en el recuerdo de la adolescencia, en el mito intelectual, en la evocación pura de la Mora que representa un modo de vivir que distingue entre criados (campesinos o sirvientes como Cirino y Serafina) y patrones (burguesía propietaria de campo), y, que enseñan a Anguilla un trabajo o un modo de comportarse.


El regreso al pueblo es también el «regreso a la casa», donde Anguilla ha vivido su infancia, la vieja casa de campo. En «il casotto» ahora viven algunas figuraciones de la tristeza y la miseria: Valino, sus dos mujeres (la joven y la cuñada-amante) y su hijo lisiado, Cinto.


Anguilla se encariña en seguida con Cinto, intenta ayudarlo y hacerle descubrir cosas nuevas abriéndole los ojos a nuevos horizontes, y también para intentar descubrir el mundo, él mismo, con los ojos de un muchacho:
« Cos’avrei dato per vedere ancora il mondo con gli occhi di Cinto, ricominciare in Gaminella come lui, con quello stesso padre, magari con quella gamba - adesso che sapevo tante cose e sapevo difendermi. Non era mica compassione che pro¬vavo per lui, certi momenti lo invidiavo. » (p. 78)


Cinto es un niño cojo a través del cual Anguilla revive los primeros años de su vida, cuando todavía no trabajaba en la Mora y junto a su familia vivía en la miseria, trabajando todo el día para procurarse el pan. Su infancia no obstante había sido alegrada por la presencia de sus hermanastras y su madrastra, mientras que Cinto no tenía este consuelo, es más, a causa de la deformidad de las extremidades no habría podido tener nunca una vida normal. Vive con un continuo miedo a su padre que pegaba a los animales y a las personas y que llega incluso a incendiar la granja y a matar a la cuñada y a la madre, destruyendo así no sólo su casa sino también el único símbolo, el último testimonio de la infancia de Anguilla. El chico salvará su vida gracias a un cuchillo le había regalado Anguilla.


Cinto es el que expresa en la obra el tema existencial de la paternidad fallida; implícitamente el protagonista y el autor, se reconocen en el muchacho - pronto huérfano - al que querrá ayudar como a un hijo y proporcionarle un modelo.


El siguiente personaje es Valino, el arrendatario que trabaja las tierras ajenas, torturado por el ama de las tierras y explotado, no quiere en medio al intruso y no habla, no tiene ideología ni sentimientos excepto la ira. Pero Anguilla vuelve para hacer amistad con Cinto, para contarle historias de ciudades lejanas, para abrirle los ojos para que en el futuro la vida sea menos dura con él, para discutir juntos. Padre e hijo vienen presentados en un cuadro de penurias y de rabia, en medio de imágenes de trabajo masacrante, una pobre evocación de sexo, y un pobre perro hambriento.


Silvia era la mayor de las dos hermanas que vivían en la hacienda en la que Anguilla era criado, y hacia la cual siempre ha probado un tierno afecto, pues era demasiado joven para despertar el interés de las chicas. Siempre rodeada de pretendientes, igual que la hermana, vivía la vida al máximo, saboreando cada cosa y actuando a veces de modo impulsivo, lo cual le condujo a la muerte. Silvia no sólo era la mayor sino también la más vivaz, la emprendedora, la más exuberante y la que menos respetaba las reglas. Anguilla cuenta sus aventuras amorosas, sus relaciones con varios hombres, las comidillas que hacían de ellas los criados. Cada vez que una historia terminaba mal, que un hombre la abandonaba, Silvia sabía reaccionar gracias a su fuerza de voluntad y al final salía adelante siempre, gracias también a la ayuda de la hermana con la que estaba muy unida. Silvia muere a causa de una hemorragia, se queda embarazada, e intentando abortar le llega su final.


También Irene muere joven. Convencida por los padres, se casa con un hombre codicioso y violento. El disgusto por este matrimonio la llevan a una muerte prematura. Irene, diferencia de su hermana era mucho más tranquila, más bien opuestas: reflexiva, juiciosa, bondadosa y paciente, no reaccionaba nunca por impulsos ni hacía ninguna locura. Sus historias no eran nunca apasionadas como las de su hermana, ni sus hombres tan particulares. En un cierto sentido era banal e insignificante. Le encantaba la música y sabía tocar el piano a la perfección, su música tenía el poder de embelesar a Anguilla...


Santa o Santina es la hermanastra de Irene y Silvia. Pavese le dedica los dos últimos capítulos, que constituyen un enésimo relato y una historia fuera (o casi) de las usuales estructuras narrativas que la rodean. Hasta entonces la pequeña Santina, tercera hija de sor Matteo de la Mora, ha sido una presencia apenas aludida, un diablillo, una juguetona y fugaz presencia. Anguilla la conoce sólo de pequeña, pero sabrá su historia por Nuto. De mayor se convierte en una espléndida muchacha que se codeará con numerosos fascistas a los que referirá importantes informaciones, pues se había convertido en una espía de los partisanos, que después la matarán. Santa era impávida e impulsiva como Silvia, pero, al mismo tiempo, mentirosa, hipócrita y falsa. Nuto evita hablarle a Anguilla de lo que ha sido de Santina cuando éste le pregunta curioso, hasta que cede y decide acompañarlo a la colina a los lugares más empinados. Pavese dedica al momento en el que suben un capítulo entero, el XXXI. La colina vuelve a tomar su función de símbolo, hasta tocar lo irracional, entre antropomorfismo y mito-recuerdo, erotismo sublimado y freudismo (una enorme mama es la metáfora que Pavese emplea hablando de la colina). Es como una premonición, se entrevé una historia de perdición:


«Riprese a condurmi su per quei pianori. Di tanto in tanto si guardava intorno, cercava una strada. Io pensavo com’á tutto lo stesso, tutto ritorna sem¬pre uguale - vedevo Nuto su un biroccio condurre Santa per quei bricchi alla festa, come avevo fat¬to io con le sorelle. Nei tufi sopra le vigne vidi il primo grottino, una di quelle cavernette dove si tengono le zappe, oppure, se fanno sorgente, c’á nell’ombra, sull’acqua, il capelvenere. Traver¬sammo una vigna magra, piena di felce e di quei piccoli fiori gialli dal tronco duro che sembrano di montagna - avevo sempre saputo che si masti¬cano e poi si mettono sulle scorticature per chiuderle. E la collina saliva sempre: avevamo giá passato di¬verse cascine, e adesso eravamo fuori.


- Tanto vale che te lo dica, - fece Nuto d’improv¬viso senza levare gli occhi, - io so come l’hanno am¬mazzata. C’ero anch’io. » (p. 126)


El gusto por la vida, el amor por el placer, actitudes más autónomas y modernas que las de las hermanas, empujan a Santina a la parte más fácil. Después del armisticio el doble juego entre fascistas y partisanos la conducen al final, y la rubia resplandeciente Santina es ajusticiada por los partisanos de Baracca. En el leitmotiv de la resistencia que se propaga por toda la novela, la historia de Santina representa el punto de sutura entre la lírica de la memoria y la epopeya popular. El nexo entre historias antiguas de la Mora y la nueva fábula de libertad. Otros, como el mismo Baracca, están muertos, pero aquí nos queda la fascinación de aquella negra huella de la hoguera que ha sido un sacrificio ritual y un rezo de futuro cambio. El cuerpo de Santina no se podrá encontrar jamás: con una misteriosa alusión al poder erótico de la muchacha se cierra sobre la palabra clave «falò»( fogata o mejor en este caso, hoguera). La ética metafórica del «falò» -entre mito y nostalgia, entre rito y poesía - se revela todo menos algo que nos inspira muerte o conclusión : «Che la gente ricominci» (que la gente vuelva a empezar). La vida y la historia prosiguen por calles oscuras que no siempre estamos preparados para ver.


Pero no podemos olvidar que el paisaje metafórico pavesiano juega también un papel fundamental dentro de la obra. Los lugares en los que se desarrolla la historia, presentados cada uno con su nombre, sus características geográficas, incluso topográficas, colina o pueblo, granja o río, o espacio libre, nos parecen de algún modo ya conocidos. Son nombres, mitos de la infancia del escritor o de su fantasía, que repite continuamente hasta la saciedad. Para nuestro escritor, evocar nombres es un hecho mágico, y la magia crece con los sonidos, un gusto fónico que se avala de la repetición.


Otro elemento que hace presión sobre lo emotivo y racional y que prepara los «lugares», poco más que nombres sacados de su propio inconsciente, para ser escenarios de sucesos, testimonios de destino es la música. Por ejemplo Gaminella, típica localidad sin historia, pero con tanto destino dentro que puede llegar a ser colina o granja o permanecer en cambio espacio o escena de tragedia. O el Belbo, el río de Pavese y de sus personajes, corriente de eventos irreparables que suceden en sus orillas. O las colinas, las famosas colinas evocadas y descritas con su nombre real, son las colinas sobre las que el escritor ha recorrido su mito cuando era un muchacho y con las que ha medido su realidad, desde la identificación simbólica antropomórfica (la mama) hasta los orígenes de su pensamiento y de su misma imaginación lingüística. Entre descripción y flash-back, entre búsqueda actual de los lugares de un pasado y memorias de aquel tiempo, el protagonista encuentra ciertas coordenadas de sí mismo que se convierten en características de esta novela.


Podría incluso afirmarse que el único gran personaje de la obra de Pavese es el paisaje y, más concretamente, la colina, y esto lo escribe el mismo Pavese: «In realtá, l’unico spunto che mi tocca e scuote é la magia della natura, l’occhiata ficcata nella collina »  .


La estructura del paisaje no es una descripción naturalista, sino una metáfora que suscita presencias, participaciones y personajes-testimonio. La estructura metafórica del espacio en Pavese se insinúa por la insistencia sobre el paisaje, por la importancia en la reconstrucción del mito y en el desarrollo de los sucesos individuales. El paisaje, externo y visivo, se convierte en interior, espejo, símbolo, sentimiento inmediato de apariencias oscuras o memoriales. Pavese inserta el mito de lo salvaje, contrapuesto a lo civilizado, en el llamamiento a los trabajos del campo, a las estaciones, a los tiempos y a los rituales campesinos: como en el que cree que en la vida auténtica del campo haya alguna posibilidad de que se pueda salvar un hombre deshecho por las guerras y la sangre.


El campo está dentro del tema del nostos, del viaje y del regreso, que se entiende como viaje dentro de la vida que reflexiona sobre sí misma recorriendo ciertas etapas fundamentales. Es campo y «salvaje» el hecho de creer en la influencia de la luna o en el efecto de las fogatas sobre la tierra. En la sabiduría antigua y la superstición campesina (como es sabido la luna en sus fases produce ciertos efectos, pues, por ejemplo, es necesario tenerla presente para el vino nuevo, los trasplantes, etc...) se divisa algo misterioso, mítico y poético al mismo tiempo:


« Magari é meglio cosí, meglio che tutto se ne vada in un falò d’erbe secche e che la gente ricominci.» (p. 103)
Si la luna en este paisaje metafórico puede representar el inconsciente o la enigmática perspectiva nocturna, la fogata o la hoguera (il falò) representa la anulación del pasado y el posible cambio: fogata de las noches de verano o que provoca la lluvia, de tragedia, de alegría, de sacrificio, de misterio, rituales o de miseria e ira atroz (como la de la casa de Valino incendiada), falò como el del cuerpo de Santina cuando la incineraron, siempre final de un pasado e inicio de un futuro diferente.



Notas:
[1] Gerard Genette, Nuevo discuso del relato, Madrid, Cátedra, 1998.
[2] O.Tacca, Las voces de la novela, Madrid, Gredos, 1985, pág. 131.
[3] Cesare Pavese, La luna e i falò, Enaudi Tascabili, Torino, 2000, págs. 7-9
[4] Véase Cesare Pavese, loc. cit., La luna e i falò, pág. 15
[5] Cesare Pavese, Il mestiere di vivere, Enaudi, Torino, 27 febrero 1949.
[6] Véase Cesare Pavese, loc. cit., La luna e i falò, pág.85.



© Inmaculada Chaves Cadaval 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/pavese.html 





La luna e i falò







CAPÍTULO I







"Existe una razón por la cual he regresado a este pueblo, aquí y no a Canelli, a Barbaresco o a Alba. Aquí no he nacido, es casi seguro; dónde he nacido, no sé; no existe en estos parajes una casa, ni un pedazo de tierra, ni huesos que me permitan decir: “He aquí como era antes de nacer”. Ignoro si procedo de la colina o del valle, de los bosques o de una casa con balcones. La muchacha que me dejó sobre los peldaños de la catedral de Alba, quizá no procedía tampoco de los campos, quizá era la hija de los dueños de un palacio, o bien me han traído en una cesta de vendimiar dos pobres mujeres desde Monticello, desde Neive y ¿por qué no desde Cravanzana? ¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho? He recorrido bastante mundo para saber que todas las carnes son buenas y se corrompen, y por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que la propia carne tenga valor y dure algo más que una simple vuelta de estación."




Cesare Pavese - La luna e i falò -



CESARE PAVESE, “LA LUNA Y LAS FOGATAS”, Capítulo I

De Cesare Pavese, escritor italiano. Nació el 9 de setiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, Cuneo. Murió el 27 de agosto de 1950 en Turín, Italia.




La luna y las fogatas




miércoles, 2 de enero de 2013

Cesare Pavese El maizal










Cesare Pavese 



El maizal
(Il campo di granturco)







El día que me detuve al pie de un maizal y escuché el crujido de los largos tallos secos movidos por el aire, recordé algo que había olvidado hacía tiempo. Detrás del maizal, una tierra en pendiente, estaba el cielo vacío. «Este es un sitio al que hay que volver», dije, y escapé casi al punto, en bicicleta, como si debiera llevar la noticia a alguien que estuviese lejos. Era yo quien estaba lejos, lejos de todos los maizales y de todos los cielos vacíos. Ese día fue un campo de maíz; habría podido ser una roca colgada sobre un camino, un árbol aislado en el recodo de un collado, una vid al borde de un bancal. Ciertos coloquios remotos se cuajan y concretan en el tiempo en figuras naturales. Éstas figuras yo no las elijo: saben surgir ellas, encontrarse en mi camino en el momento justo, cuando menos lo pienso. No hay ninguno de mis conocidos que tenga un tacto como el suyo.

Lo que me dice el maizal en los breves instantes en que me atrevo a contemplarlo, es lo que dice quien se ha hecho esperar y sin él no se podía hacer nada. «Aquí me tienes», dice simplemente quien se ha hecho esperar, pero nadie le quita la mirada rencorosa que se le lanza como a un amo. En cambio, al cielo entre los tallos bajos le echo una ojeada furtiva, como quien mira desde más allá del objeto como a la espera de que éste se desvele por sí, sabiendo perfectamente que nada podemos prometernos que él ya no contenga, y que un gesto demasiado brusco podría derribarlo todo de mala manera. Nada me debe ese campo para que yo pueda hacer otra cosa que callar y dejarlo entrar en mí. Y el maizal, y los tallos secos, poco a poco me crujen y se me paran en el corazón. Entre nosotros no hacen falta palabras. Las palabras han sido pronunciadas muchos años ha.

¿Cuándo realmente? No lo sé. Y ni siquiera sé qué podían haberse dicho un maizal y un muchacho. Pero un día me detuve, con toda seguridad —como si conmigo se detuviese el tiempo—, y después al día siguiente, y otro más, durante toda una estación y una vida, ante un campo semejante; y aquél había sido un límite, un horizonte familiar a través del cual las colinas, bajas de tan remotas que eran, se transparentaban como rostros en una ventana. Cada vez que me había atrevido a un paso por la selva amarilla, el maizal debía de haberme acogido con su voz crepitante y soleada; y mis respuestas habían sido los gestos cautos, a veces bruscos, con que apartaba las hojas cortantes, me inclinaba hacia las correhuelas, y más allá de los tallos altos hundía la mirada en el vacío del cielo. Había en aquel crepitar un silencio mortal, de lugar cerrado y desierto, que abría en el cielo lejano una promesa de vida desconocida, inaccesible y atrayente como las colinas.

Que el tiempo entonces se había parado lo sé porque aún hoy ante el maizal lo recupero intacto. Es un crujido inmóvil. Comprendo que tengo ante mí una certeza, que he como tocado el fondo de un lago que me esperaba, eternamente igual. La única diferencia es que entonces me atrevía a gestos bruscos, penetraba en el maizal lanzando un grito a las colinas familiares que parecían esperarme. Entonces era un niño, y todo ha muerto de aquel niño salvo ese grito.

La estación de aquel campo es el otoño, cuando todo despierta en la campiña detrás de las hileras de maíz. Se oyen voces, se hacen recolecciones, de noche se encienden fuegos. La inmovilidad del campo contiene también estas cosas, pero como a cierta distancia, como promesas vislumbradas entre las ramas. El secarse de las hojas abre trechos de cielo cada vez mayores, revela más desnudamente las colinas lejanas. Se piensa también en lo que hay detrás, y en las presencias nocturnas al borde de la Selva. Sube a veces en el recuerdo la crepitación de las hojas amarillas, y asusta como el rumor de un paso desconocido y temido, como el debatirse de cuerpos en lucha. Ahora, en la distancia, son una sola cosa las fogatas nocturnas sobre los oteros y la anochecida entre los vagos tallos del maizal. Tranquiliza sólo la idea de que quien se ha arrojado al suelo escondiéndose es el muchacho, y que de los tallos cuelgan gruesas panochas que los campesinos vendrán a recoger mañana. Y mañana el muchacho no estará ya.

Estas cosas ocurren cada vez que me paro ante el maizal que me espera. Es como si hablase con él, aunque el coloquio se haya desarrollado hace muchos años y se hayan perdido incluso sus palabras. A mí me basta con la ojeada furtiva de que he hablado, y el cielo vacío se puebla de colinas y de apariencias.















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