MEMORIA
























He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Van Gogh

Vincent Van Gogh
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.⁠·⁠´⁠¯⁠`⁠´⁠¯⁠`⁠·⁠.Rainer Maria Rilke༼⁠;⁠´⁠༎ຶ⁠ ⁠۝ ⁠༎ຶ⁠༽





Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa".


Rainer Maria Rilke






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miércoles, 2 de enero de 2013

Cesare Pavese El maizal










Cesare Pavese 



El maizal
(Il campo di granturco)







El día que me detuve al pie de un maizal y escuché el crujido de los largos tallos secos movidos por el aire, recordé algo que había olvidado hacía tiempo. Detrás del maizal, una tierra en pendiente, estaba el cielo vacío. «Este es un sitio al que hay que volver», dije, y escapé casi al punto, en bicicleta, como si debiera llevar la noticia a alguien que estuviese lejos. Era yo quien estaba lejos, lejos de todos los maizales y de todos los cielos vacíos. Ese día fue un campo de maíz; habría podido ser una roca colgada sobre un camino, un árbol aislado en el recodo de un collado, una vid al borde de un bancal. Ciertos coloquios remotos se cuajan y concretan en el tiempo en figuras naturales. Éstas figuras yo no las elijo: saben surgir ellas, encontrarse en mi camino en el momento justo, cuando menos lo pienso. No hay ninguno de mis conocidos que tenga un tacto como el suyo.

Lo que me dice el maizal en los breves instantes en que me atrevo a contemplarlo, es lo que dice quien se ha hecho esperar y sin él no se podía hacer nada. «Aquí me tienes», dice simplemente quien se ha hecho esperar, pero nadie le quita la mirada rencorosa que se le lanza como a un amo. En cambio, al cielo entre los tallos bajos le echo una ojeada furtiva, como quien mira desde más allá del objeto como a la espera de que éste se desvele por sí, sabiendo perfectamente que nada podemos prometernos que él ya no contenga, y que un gesto demasiado brusco podría derribarlo todo de mala manera. Nada me debe ese campo para que yo pueda hacer otra cosa que callar y dejarlo entrar en mí. Y el maizal, y los tallos secos, poco a poco me crujen y se me paran en el corazón. Entre nosotros no hacen falta palabras. Las palabras han sido pronunciadas muchos años ha.

¿Cuándo realmente? No lo sé. Y ni siquiera sé qué podían haberse dicho un maizal y un muchacho. Pero un día me detuve, con toda seguridad —como si conmigo se detuviese el tiempo—, y después al día siguiente, y otro más, durante toda una estación y una vida, ante un campo semejante; y aquél había sido un límite, un horizonte familiar a través del cual las colinas, bajas de tan remotas que eran, se transparentaban como rostros en una ventana. Cada vez que me había atrevido a un paso por la selva amarilla, el maizal debía de haberme acogido con su voz crepitante y soleada; y mis respuestas habían sido los gestos cautos, a veces bruscos, con que apartaba las hojas cortantes, me inclinaba hacia las correhuelas, y más allá de los tallos altos hundía la mirada en el vacío del cielo. Había en aquel crepitar un silencio mortal, de lugar cerrado y desierto, que abría en el cielo lejano una promesa de vida desconocida, inaccesible y atrayente como las colinas.

Que el tiempo entonces se había parado lo sé porque aún hoy ante el maizal lo recupero intacto. Es un crujido inmóvil. Comprendo que tengo ante mí una certeza, que he como tocado el fondo de un lago que me esperaba, eternamente igual. La única diferencia es que entonces me atrevía a gestos bruscos, penetraba en el maizal lanzando un grito a las colinas familiares que parecían esperarme. Entonces era un niño, y todo ha muerto de aquel niño salvo ese grito.

La estación de aquel campo es el otoño, cuando todo despierta en la campiña detrás de las hileras de maíz. Se oyen voces, se hacen recolecciones, de noche se encienden fuegos. La inmovilidad del campo contiene también estas cosas, pero como a cierta distancia, como promesas vislumbradas entre las ramas. El secarse de las hojas abre trechos de cielo cada vez mayores, revela más desnudamente las colinas lejanas. Se piensa también en lo que hay detrás, y en las presencias nocturnas al borde de la Selva. Sube a veces en el recuerdo la crepitación de las hojas amarillas, y asusta como el rumor de un paso desconocido y temido, como el debatirse de cuerpos en lucha. Ahora, en la distancia, son una sola cosa las fogatas nocturnas sobre los oteros y la anochecida entre los vagos tallos del maizal. Tranquiliza sólo la idea de que quien se ha arrojado al suelo escondiéndose es el muchacho, y que de los tallos cuelgan gruesas panochas que los campesinos vendrán a recoger mañana. Y mañana el muchacho no estará ya.

Estas cosas ocurren cada vez que me paro ante el maizal que me espera. Es como si hablase con él, aunque el coloquio se haya desarrollado hace muchos años y se hayan perdido incluso sus palabras. A mí me basta con la ojeada furtiva de que he hablado, y el cielo vacío se puebla de colinas y de apariencias.















lunes, 19 de noviembre de 2012

JOHN KEATS, ODA A UN RUISEÑOR






JOHN KEATS, ODA A UN RUISEÑOR 






La dríade, Evelyn De Morgan


























Gime mi corazón, y un torpor somnoliento

aqueja mis sentidos… como si hubiera bebido cicuta

o apurado un espeso opiáceo con el que Leteo

astutamente me hubiera adormecido.

Nunca envidié tu suerte ni tu beldad,

pero me contagio de tu alegría cuando

cual dríada de árboles y ríos

en un rincón melodioso de verdes hayas,

eternamente umbrío

con tu clara garganta cantaste tú al estío.

Oh, deja que me embriague con el vino

que sale de la tierra profunda…

ése que a Flora sabe y huele a danza,

a canción provenzal y a alegría fecunda.

Deja que beba un sorbo de la vida

con bullir de burbujas que yo tanto venero

y ese licor rosado y verdadero

muestre al mundo mi boca de púrpura teñida.

Beber y, sin ser visto, abandonar el mundo…

y perderme contigo en el fondo del bosque.

Perderme en lo insondable y olvidar

lo que sólo se atisba en lo profundo.

Esa fatiga, esa destemplanza,

donde los hombres escuchan sus gemidos.

Ese temblor de unas postreras canas,

cuando la juventud se ha escabullido.

Y llega la tristeza cotidiana

y la desesperanza gana la partida.

La belleza se esconde avergonzada

y el nuevo amor perece sin mañana.

Mejor perderme lejos, volar a ti enlazado,

olvidarme de Baco aunque éste venga,

suspendernos en alas de la poesía,

aunque la mente vacile y se detenga.

Contigo estoy, la noche ya ha llegado.

Tal vez entronizada esté la reina luna,

teniendo alrededor un enjambre de hadas;

pero aquí no hay más luz

que la que exhala el cielo con fortuna,

por senderos cubiertos de ramas encorvadas.

Yo no veo qué flores me rodean

ni si el incienso asciende por las ramas,

pero sí que presiento, desde aquí,

que la estación hace crecer la hierba,

los árboles silvestres, la retama,

pastoril eglantina y blanco espino,

violetas efímeras y humildes

que el generoso mayo nos regala.

Y la rosa almizcleña hace morada

para inquietos insectos en la tarde.

Escucho entre las sombras y con frecuencia he estado

enamorado a medias de la suave muerte.

La he nombrado mil veces en versos susurrados

para que fuera al aire mi aliento casi inerte.

Más que nunca en mi vida morir parece dulce,

agotarme sin pena a media noche

mientras el alma vuela por el éter en la visión extática del orbe.

Seguiría tu canto y no te oiría,

pues tus notas son fúnebres y frías.

Soy ave y no nací para la muerte,

ni por calmar el hambre de gusanos.

Pero la voz que oigo en este otoño

la oyeron ya reyes y cortesanos.

Tal vez el canto este sea el mismo

que hizo llorar a Ruth, evocadora,

mientras lanzaba al viento su añoranza.

El mismo canto que reza la leyenda,

entre espuma de olas su esperanza,

y en el mar del olvido disipa la nostalgia.

¡Olvido! Esa palabra, cual campana,

de ti me aleja hacia mi soledad.

¡Adiós! Tu ficción no me engaña,

no mortificas mi alma con tu falsedad.

¡Adiós por siempre! Tu himno se evapora

más allá de esos prados, del río por recodos,

por encima del monte, y queda adormecido

en los tristes calveros del valle que abandono.

¿Era sueño tu canto o visión de beodo?

La música ha volado

¿Sigo despierto? ¿Quizás estoy dormido?
















jueves, 25 de octubre de 2012

Es, Guillaume Apollinaire







ES








      El Filósofo en Meditación - Rembrandt, 1632







"La obra de arte es el resultado de haber estado en peligro,
del hecho de haber ido hasta el extremo de una experiencia
que ningún hombre puede sobrepasar."



RAINER MARIA RILKE








LIX

Es







Es la realidad de las fotos que llevo sobre mi corazón lo que quiero
sólo esa realidad sólo ella y nada más
mi corazón lo repite sin cesar como una boca de orador y lo vuelve a decir
a cada latido
todas las otras imágenes del mundo son falsas
no tienen más que una apariencia de fantasmas
el singular mundo que me rodea metálico vegetal
subterráneo
oh vida que aspira el sol matinal
este universo singularmente ornado con artificios
no es acaso obra de brujería
como antaño podíase estudiar
en Toledo
donde hubo la escuela diabólica más ilustre
y yo llevo sobre mí un universo más preciso más cierto
hecho a tu imagen



Apollinaire, "Poemas a Lou (Sombra de mi amor)"














sábado, 20 de octubre de 2012

Léon Bloy, Fragmentos






Léon Bloy, Fragmentos 
 

          




"¿Y qué más ...? " suspiraba un viejo cura, somnoliento, extenuado por confesiones infantiles. Era por la época de mi primera comunión. Yo me acuerdo que esta eterna pregunta me desolaba. Más tarde se me ocurrió que bien podría haber contestado: " ¿Qué más? dice Ud. Es sencillo, exijo su corazón. Deseo que cumpla la palabra del Maestro, de dar la vida por sus ovejas. De otra manera, vd. sería un mercenario, un mal pastor que no conoce a su rebaño y a quien su rebaño no conoce. Cuando venga el Ladrón, lo encontrará dormido, tan profundamente dormido que será necesario el sonido de las Siete Trompetas del Juicio para despertarlo".


Esta es la queja de las últimas almas, las abandonadas y desoladas, los vestigios de la Semejanza, raros ejemplos sobrevivientes y aborrecidos, que el arsenal de lugares comunes de la apostasía moderna no ha podido demoler. Se piden Sacerdotes. Se piden otros, diferentes. Se pretende que sean respetuosos con la Inteligencia, que amen la Belleza y la Grandeza, hasta la muerte si es preciso, que no consientan las claudicaciones que se están viendo desde hace doscientos años.


Se les pide, señores sucesores de los Apóstoles, no herir al Pobre que busca a Jesús, no detestar a los Artistas y a los Poetas, no mandar al campo enemigo (a fuerza de injusticias, de sinrazón, de ignominias) a aquel que sólo desearía luchar a su lado, si ustedes fueran lo suficientemente humildes para mandarle.


 Pero ustedes no escuchan, no quieren saber nada de esto. Ustedes duermen pesadamente sobre heridos que sangran o agonizan y cuando un grito demasiado desesperado los fuerza a entreabrir los ojos, se contentan con decir " ¿Qué más, hijo mío? ". Y enseguida vuelven a dormirse, asombrados de no dominar al mundo.


Jesús está en el centro de todo, él lo asume todo, él soporta todo, él lo sufre todo. Es imposible pegar a alguien sin pegarle a él, humillar a alguien sin humillarlo a él, maldecir o matar a alguien sin maldecirlo o matarlo a él mismo. El más bajo de los criminales tiene que pedir prestado el Rostro de Cristo para recibir una bofetada, de cualquier mano que sea; de otra manera, la bofetada no podría llegar a destino y quedaría en suspenso, en el espacio, por los siglos de los siglos, hasta que encontrase el Rostro que perdona.


El deber de un hombre consiste de tal manera en ser rico, que la presencia de un solo pobre clama al cielo, como la abominación de Sodoma, y despoja a Dios mismo, obligándolo a encarnarse y vagabundear escandalosamente sobre la tierra, sin más vestidos que los andrajos de sus Profecías.


Al Paraíso no se entra mañana; ni pasado mañana, ni dentro de diez años; se entra hoy, cuando se es pobre y crucificado. (Lc. 23,43)


Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos.


Desde hace tres o cuatro siglos, los católicos y los disidentes de no importa cuál establo han hecho lo posible por degradar la imaginación humana. En este punto, herejes y ortodoxos han sido constantemente unánimes. La consigna dada por el Todopoderoso de las Profundidades era borrar todo recuerdo de La Caída.


...Soy un peregrino del Santo Sepulcro. Eso y nada más. La vida no tiene otro objeto, y lo que más ha honrado a la razón humana es la locura de las Cruzadas. Antes del cretinismo científico, los niños sabían que el sepulcro del Salvador es el centro del universo...


Si el arte está en mi equipaje, peor para mí. No me queda otro recurso que poner al servicio de la Verdad lo que me ha sido dado por la mentira. Recurso precario y peligroso, pues lo propio del Arte es fabricar Dioses.


Deberíamos estar horriblemente tristes. He aquí que el día desciende, y llega la noche, en la que nadie trabaja . Somos muy viejos, y los que nos siguen son aún más viejos. Tan honda es nuestra decrepitud, que ni siquiera vemos que somos idólatras. Cuando Jesús venga, aquellos de entre nosotros que todavía estén velando a la luz de una lámpara, no tendrán ya fuerzas para mirar Su Rostro, tan puesta tendrán su atención en los Signos que no pueden dar la Vida. ¡Será necesario que la luz los ilumine por atrás, y así, de espaldas, sean juzgados...!


La Fe está tan muerta que nos preguntamos si alguna vez habrá existido; y lo que hoy lleva su nombre es tan estúpido o hediondo que el sepulcro parece preferible. Por lo que a la Razón se refiere, se ha empobrecido tanto que mendiga en todos los caminos, y tan hambrienta que intenta saciarse con la basura de la filosofía alemana. Entonces sólo queda el desprecio, único refugio de algunas almas superiores que la democracia no ha podido amalgamar.


Sería necesario estar privado tanto de razón como de olfato para no advertir que el cuerpo social entero es una carroña, a semejanza de la de Baudelaire de la que "brotaban oscuros batallones de gusanos" y cuya hediondez "era tan fuerte, que en la hierba la amada creyó desvanecerse". Esta abominación, que sólo por el fuego podría ser conjurada, aumenta cada día con espantosa rapidez. Nos acostumbramos; la cobardía de unos se hace cómplice de la maldad de otros, y quienes más horror deberían sentir se resignan a la mugre en silencio, con los brazos cruzados. Es la bancarrota de las almas, el irreparable déficit de la conciencia cristiana.



"Siempre habrá pobres entre vosotros". Jamás hombre alguno, después de la profundidad de esa Palabra, ha podido decir lo que es la Pobreza.


Los santos que se dieron a ella por amor, y que tantas criaturas le conquistaron, aseguran que es infinitamente dulce. Los que la rechazan, algunas veces mueren de espanto o desesperación bajo su beso, y la multitud pasa "del vientre de la madre hasta el sepulcro" sin saber qué pensar de ese monstruo.


Dios, cuando se lo interroga, responde que el Pobre es El (Ego sum pauper). Y cuando no se lo interroga, muestra su magnificencia.


La Creación parece ser una flor de la Pobreza infinita; y la suprema obra maestra de Aquel que es llamado Todopoderoso, ha sido hacerse crucificar como un ladrón, en la humillación absoluta.


Los Ángeles callan y los Demonios temblorosos se arrancan la lengua para no hablar. Sólo los imbéciles de este siglo han intentado explicar el misterio. Y la Pobreza, mientras espera que el abismo los trague, se pasea tranquilamente con su máscara y su criba.


La palabra divina es infinita, absoluta, de todo punto irrevocable, y sobre todo prodigiosamente iterativa, pues Dios no puede hablar más que de Él mismo .


"Los caminos de Dios están en el mar y en la profundidad de los abismos". Seguramente, ¡oh burgués!, estas palabras del salmista no te dicen gran cosa, hasta deben parecerte menos que nada. Sin embargo, si fuera tu contador quien las pronunciara, o tu abogado, inconcebiblemente iluminado de pronto, revelándote que tú mismo eres un abismo, por donde camina, cuando le place, el dueño de todos los abismos, si ocurriera ese milagro, ¿qué dirías tú y qué sería de tu apetito?



 El lenguaje de los lugares comunes, el más sorprendente de cuantos existen, se singulariza por la particularidad admirable de decir siempre la misma cosa, a la manera de las Profecías. Y como los burgueses, los privilegiados poseedores de este lenguaje, tienen a su servicio un pequeño número de ideas, según corresponde a sabios que han reducido al mínimo el funcionamiento del intelecto, los encuentran a cada vuelta de la esquina.


Compadezco a quienes no comprenden la belleza de esto.


Cuando una burguesa dice, por ejemplo: "Yo no vivo en las nubes", tengan por seguro que quiere decirlo todo, y que lo dice todo, absolutamente y para siempre. "La ocasión hace al ladrón"


— ¿Eres tú, Señor? ¿Eres tú, al fin? - pregunta el ladrón en la cruz.


— En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso - responde la luz del mundo crucificada.


Esto sucede en el día de las tinieblas, en la hora sexta; y el burgués se ahorcó cuando aún no había anochecido.


" La ciencia no ha dicho la última palabra"


Sería difícil precisar cuándo dijo la primera. Uno siente la tentación de pensar que fue en una época diabólicamente lejana, y el término 'diabólicamente', que evoca la narración del Génesis, está muy en su lugar. ...

Entre nosotros, yo preferiría que la ciencia no hubiera dicho nunca su primera palabra; estoy convencido de que en ese caso seríamos hoy mucho menos ignorantes y necios. Pero ésta es una cuestión personal, que no compromete ni a los miembros del Insituto ni a los sorbonistas. Lo que sobre todo temo, es la última palabra de la ciencia, teniendo, como tengo, un indecible horror por las malas palabras.


"Nada es absoluto"


... Los de nuestra generación pasamos nuestra infancia oyendo eso. Cada vez que, ebrios de asco, buscábamos un trampolín para escapar vomitando, nos salía al paso el burgués, armado de ese rayo.


Nos veíamos entonces en el trance de reintegrarnos al provechoso relativo y al prudente inmundicia. Afortunadamente, casi todos terminaban por adaptarse, convirtiéndose a su vez en otros dioses olímpicos.


Pero, ¿sabrán esos bebedores de un sucio néctar que no hay audacia mayor que dar contraorden a lo irrevocable, y que esto implica la obligación de ser uno mismo algo semejante al Creador de una nueva tierra y de nuevos cielos?


"Hay que hacer trabajar al dinero"


El archiconocido precepto Hacer trabajar al dinero es, en el fondo, más teológico que económico. Trabajar (laborare) significa sufrir. Se trata, pues de hacer sufrir al Dinero, que es Dios.


... Hasta se lo hace sudar, sudar la sangre de los pobres. Multitudes revientan en usinas y en negra catacumbas para que las vírgenes engendradas por exquisitos capitalistas puedan exhibir la sonrisa de la Gioconda. A eso se lo llama "hacer trabajar al dinero".


... Y el rostro pálido de Cristo es más pálido en el fondo de los pozos, y entre el fuego.


"La más hermosa niña del mundo puede dar sólo lo que tiene..." Ocurrió esto en los alrededores de Suly-sur-Loire. Acosado por los prusianos, el ejército francés, pocos días antes victorioso, se desbandaba por los caminos. Desastre total. El frío era terrible, desesperante.


Cuatro muchachos de un regimiento llegaron una triste noche, como lobos, a una casa solitaria, cerca del bosque. Desconocían el paradero de su columna, y la verdad es que ya no les interesaba saberlo, agotados por la fatiga, el frío y el hambre. Comer cualquier cosa y dormir en un rincón tibio era su única ambición, su deseo supremo. Por desgracia, la casa no era el lugar soñado. Parecía estar más frío adentro que afuera y, por mucho que buscaron no encontraron un trozo de pan o de carne, ni una botella de vino, ni nada comestible ni potable. Se trataba, evidentemente, de una casa abandonada desde hacía semanas.


La búsqueda se hizo penosamente, a la luz de algunos fósforos y un cabo de vela. Tampoco consiguieron carbón o leña, y no tenían herramientas para destrozar el maderamen de las habitaciones. Por un momento pensaron en prender fuego a la casa misma, pero pronto comprendieron que nada calienta peor que un incendio, y que, después de todo, más valía el abrigo de aquel techo que el espectáculo de las estrellas. Además, no convenía llamar la atención, pues no sabían quiénes podían andar en las cercanías. Muertos de cansancio, y más hambrientos que nunca, terminaron por acostarse sobre los duros colchones de heno y trataron de dormir. Pero este mediocre reposo duró poco. La puerta se abrió de pronto con violencia y entraron tres franceses, perseguidos por una patrulla bávara, mandada por un oficial que enfocaba hacia ellos el rayo amarillo de su linterna. Una descarga de fusilería saludó la entrada de los franceses en el recinto. Los durmientes se habían incorporado de un salto y la puerta quedó, en un segundo, cerrada, trancada y atrincherada.


Hasta el amanecer, que demoró en llegar, los siete hombres tuvieron tiempo para conocerse y compartir su hambre. Con las primeras luces del día, comenzó el asedio. Intentaron defenderse, pero ¿qué podían hacer contra una multitud? Uno de ellos tuvo la suerte de caer muerto arma en mano. Los otros, arrinconados y exánimes, se entregaron. La cuenta fue ajustada a tambor batiente; los prusianos tenían pocas contemplaciones y los fusilamientos eran cosa corriente.


He aquí, en pocas palabras, lo que ocurrió. A último momento, el más joven de los desdichados pidió, como última gracia el favor de comer un pedazo de pan antes de morir. El oficial prusiano, personaje de una atroz fealdad, queriendo probar que al menos tenía clase, señaló con un ademán los fusiles del pelotón y dijo, en un francés grotesco, estas palabras, seguidas de la orden de fuego:


— "La más hermosa niña del mundo puede dar sólo lo que tiene..."


Cuando un burgués me habla de la más hermosa niña del mundo, pienso que no sabe lo que es la muerte, y que acaso aquel pobre muchacho, después de treinta años, siga teniendo hambre.







* foto:Léon Bloy 1887







jueves, 20 de septiembre de 2012

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Durante algún tiempo todavía,)















Durante algún tiempo todavía, voy a poder escribir todo esto y testimoniarlo. Pero llegará el día en que mi mano estará distante, y cuando le ordene escribir, trazará palabras que yo no piense. Va a llegar el tiempo de la otra explicación, en el que las palabras se desatarán, en el que cada significado sé deshará como una nube y caerá como agua. A pesar de mi miedo soy, sin embargo, semejante a alguien que se mantiene ante las grandes cosas, y recuerdo que antes sentía en mí destellos semejantes cuando iba a escribir. Pero esta vez estaré escrito. Soy la impresión que va a transformarse. ¡Oh! con un poco más podría comprender todo, y aprobar todo. Un paso solamente, y mi profunda miseria se transformaría en felicidad. Pero ese paso, no puedo darlo; he caído y no puedo ya levantarme, porque estoy roto. Hasta ahora, he creído que podría ver venir un socorro. He aquí ante mí, de mi propia letra, lo que he rogado, noche tras noche. He transcrito esto de los libros donde lo he encontrado, para que fuese más próximo, para que fuese salido de mi mano, como brotado de mí mismo. Y ahora quiero copiarlo una vez más, aquí, ante mi mesa, de rodillas; quiero escribirlo, porque así lo tengo en mí más tiempo que leyéndolo, y cada palabra toma duración y tiene tiempo de resonar.(...)






. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Rainer M. Rilke, 1910)




















martes, 18 de septiembre de 2012

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (¡Ah! ¡Qué efecto produce)








Willy Ronis,Rue Muller, 1934 








      ¡Ah! ¡Qué efecto produce una pequeña luna! Días en los que todo es claro a nuestro alrededor, claro apenas diseñado en el aire luminoso, y sin embargo distinto. Los objetos más cercanos tienen ya tonalidades lejanas, están remotos, exhibidos solamente de lejos, no entregados; y todo lo que está en relación con la lejanía —el río, los puentes, las largas calles y las plazas que se esfuman— ha tomado esta lejanía detrás de sí, y está pintado sobre ella, como sobre un tejido de seda. No es posible decir lo que puede ser entonces un coche de un verde luminoso, sobre el Pont-Neuf, o un cierto rojo imposible de retener, o sencillamente un cartel, sobre el muro medianero de un grupo de casas gris perla. Todo está simplificado, traído a algunos planos precisos y claros, como el rostro en un retrato de Manet. Y nada es insignificante y superfluo, los libreros del viejo "quai" abren sus puertas, y el amarillo fresco o fatigado de los libros, el pardo violado de las encuadernaciones, el verde más intenso de un álbum, todo concuerda, cuenta, toma parte y concurre a una plenitud perfecta.
















Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (He hecho algo contra el miedo)








      He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito. Ahora estoy tan fatigado como después de una larga caminata a través de los campos de Ulsgaard. Me duele pensar que todo eso ya no existe, que gentes extrañas habitan aquella vieja y larga casa señorial. Es posible que en la habitación blanca, arriba, bajo el remate, las criadas duerman ahora, duerman con su sueño pesado, húmedo, desde el anochecer hasta la mañana.
Y no tiene uno nada ni a nadie, y se viaja a través del mundo con su maleta y un cajón de libros, y en resumen, sin curiosidad. ¿Qué vida es ésta? Sin casa, sin objetos heredados, sin perros. ¡Si al menos hubiese recuerdos! Pero ¿quién los tiene? Si la infancia estuviese aquí: pero está como enterrada. Quizá sea necesario ser viejo para poder conseguir todo. Pienso que debe ser bueno ser viejo.




Hoy hemos tenido una hermosa mañana otoñal. Atravesé las Tullerías. Todo lo situado al este, delante del sol, deslumhraba. La parte iluminada estaba recubierta de una niebla, como con una cortina gris luminosa. Gris sobre el gris, las estatuas se soleaban en los jardines aún no desvelados. Algunas flores aisladas se levantaban en los largos arriates y decían: Rojo, con voz temerosa. Después un hombre muy alto y esbelto, apareció, volviendo la esquina, del lado de los Champs Élysées: llevaba una muleta —no apoyada bajo el brazo—,la llevaba ante sí, levemente, y de vez en cuando la apoyaba en el suelo con fuerza y con ruido, como un báculo. No podía reprimir una alegre sonrisa, y sonreía a todo, al sol, a los árboles. Su paso era tímido como el de un niño, pero de una ligereza insólita, lleno del recuerdo de un paso anterior.






. Édouard Manet, Música en las Tullerías
. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (Rainer M. Rilke, 1910)













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