MEMORIA
























He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado
durante toda la noche,
y he escrito.

-R. M. Rilke-

Van Gogh

Vincent Van Gogh
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.⁠·⁠´⁠¯⁠`⁠´⁠¯⁠`⁠·⁠.Rainer Maria Rilke༼⁠;⁠´⁠༎ຶ⁠ ⁠۝ ⁠༎ຶ⁠༽





Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa".


Rainer Maria Rilke






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lunes, 9 de diciembre de 2013

Cesare Pavese "El inconsolable", Diálogos con Leucó







Cesare Pavese

"El inconsolable", 

Diálogos con Leucó

(1947)





 Orfeo y Eurídice, Edward John Poynter






(Hablan Orfeo y Bacante)





ORFEO: Ocurrió así. Subíamos el sendero que atraviesa el bosque de las sombras. Estaban ya lejos el Cocito , la Estigia, la barca, los lamentos. Por entre las hojas se vislumbraba el cielo. Oía a mis espaldas el leve rumor de sus pasos. Yo estaba todavía allá abajo y sentía encima aquel frío. Pensaba que algún día debería volver allí, que lo que ha sido volverá a ser. Pensaba cómo fue la vida con ella; que otra vez terminaría. Lo que he sido, será. Pensaba en aquel hielo, en aquel vacío que había atravesado y que ella llevaba dentro de los huesos, en la médula, en la sangre. ¿Valía la pena revivirla? Pensé en eso y entreví el resplandor del día. Entonces dije: “Que se termine”, y me di vuelta. Eurídice desapareció como se apaga una vela. Sentí solamente un chillido, como el de un ratón que se escapa.

BACANTE: Extrañas palabras, Orfeo. Casi no puedo creerlas. Aquí se decía que eras amado por los dioses y las musas. Muchas de nosotras te siguen porque te saben enamorado y desdichado. Estabas tan enamorado que —sólo entre los hombres— franqueaste la puerta de la nada. No, no te creo, Orfeo. No ha sido culpa tuya si el destino te ha traicionado.

ORFEO: ¿Qué tiene que ver en esto el destino? Mi destino no traiciona. Seria ridículo que después de aquel viaje, después de haber visto cara a cara la nada, me diese vuelta por error o por capricho.

BACANTE: Aquí se dice que fue por amor.

ORFEO: Nadia ama a quien ha muerto.

BACANTE: Sin embargo, has llorado por montes y colinas —la has buscado y llamado—, has descendido al Hades. ¿Qué era eso?

ORFEO: Tú dices que eres como un hombre. Sabrás entonces que un hombre no sabe qué hacer con la muerte. La Eurídice que he llorado era una estación de la vida. Yo no buscaba allá abajo su amor, sino algo muy distinto. Buscaba un pasado que Eurídice ignora. Lo he comprendido entre los muertos, mientras cantaba mi canto. He visto a las sombras ponerse rígidas, con la mirada vacía; cesar los lamentos; a Perséfone esconderse el rostro, y al mismo tenebroso-impasible Hades escuchar como un mortal. He comprendido que los muertos ya no son nada.

BACANTE: El dolor te ha trastornado, Orfeo. ¿Quién no querría volver al pasado? Eurídice había casi renacido.

ORFEO: Para luego morir nuevamente, Bacante. Para llevar en su sangre el horror del Hades y temblar a mi lado día y noche. Tú no sabes lo que es la nada.

BACANTE: Y si tú, que cantando habías recuperado el pasado, lo has rechazado y destruido. No, no lo puedo creer.

ORFEO: Compréndeme, Bacante. Fue un verdadero pasado solamente en el canto. El Hades se vio a sí mismo solamente escuchándome. Ya al subir el sendero aquel pasado se desvanecía, se volvía recuerdo, sabía a muerte. Cuando me llegó el primer resplandor del cielo, retocé como un niño, feliz e incrédulo, retocé por mí mismo y por el mundo de los vivos. La estación que había buscado estaba allá, en aquel resplandor. Nada me importó aquella que me seguía. Mi pasado fue la claridad, fue el canto y la mañana. Y me di vuelta.

BACANTE: ¿Cómo has podido resignarte, Orfeo? A quien te vio cuando volvías, tu rostro le infundió miedo. Eurídice había sido para ti una existencia.

ORFEO: Tonterías. Eurídice, al morir, se convirtió en otra cosa. Aquel Orfeo que descendió al Hades ya no era esposo ni viudo. Lloré como lo hacemos cuando somos muchachos: un llanto del que sonreímos después al recordarlo. La estación ha pasado. No la buscaba ya a ella, llorando, sino a mí mismo. Un destino, si quieres. Me escuchaba.

BACANTE: Muchas de nosotras te siguen porque creyeron en tu llanto. ¿Entonces, nos has engañado?

ORFEO: Oh, Bacante, Bacante, ¿no quieres verdaderamente comprender? Mi destino no traiciona. Me he buscado a mí mismo. Nunca buscamos otra cosa.

BACANTE: Aquí nosotras somos más simples, Orfeo. Aquí creemos en el amor y en la muerte; lloramos y reímos con todos. Nuestras fiestas más alegres son aquellas donde corre la sangre. Nosotras las mujeres de Tracia, no tememos estas cosas.

ORFEO: Visto del lado de la vida, todo es bello Pero créele a quien ha estado entre los muertos… No vale la pena.

BACANTE: En otro tiempo no eras así. No hablabas de la nada. Acercarse a la muerte nos hace semejantes a los dioses. Tu mismo enseñabas que una ebriedad derrumba la vida y la muerte, nos hace más humanos… Tú has visto la fiesta.

ORFEO: No es la sangre lo que cuenta, muchacha. Ni la ebriedad ni la sangre me causan impresión. Pero es muy difícil decir qué es un hombre. Tampoco tú, Bacante, lo sabes.

BACANTE: Nada sería sin nosotras, Orfeo.

ORFEO: Lo decía y lo sé. Pero después de todo, ¿qué importa? Sin vosotras, descendí al Hades…

BACANTE: Descendiste a buscarnos.

ORFEO: Pero no os he encontrado. Quería algo muy distinto. Algo que al volver a la luz he encontrado.

BACANTE: En otro tiempo cantabas a Eurídice en los montes…

ORFEO: El tiempo pasa, Bacante. Los montes están, Eurídice ya no está. Estas cosas tienen un nombre y se llaman hombre. De nada vale aquí invocar a los dioses de la fiesta.

BACANTE: También tú los invocabas.

ORFEO: Todo lo hace un hombre en la vida. Todo lo cree, en sus días. Hasta cree que su sangre corre a veces por las venas de los otros. O que lo que ha sido pueda deshacerse. Cree romper el destino con la ebriedad. Todo esto lo sé y no es nada.

BACANTE: No sabes qué hacer con la muerte, Orfeo, y tu pensamiento es solamente muerte. Hubo un tiempo en que la fiesta nos tornaba inmortales.

ORFEO: Y gozad vosotras de la fiesta. Todo es lícito para quien nada sabe todavía. Es necesario que todos desciendan alguna vez a su infierno. La orgía de mi destino ha terminado en el Hades; ha terminado cantando, según mi costumbre, la vida y la muerte.

BACANTE: ¿Y qué quiere decir que un destino no traiciona?

ORFEO: Quiere decir que está dentro de ti, que es cosa tuya; más profundo que la sangre, mas allá de toda ebriedad. Ningún dios puede tocarlo.

BACANTE: Puede ser, Orfeo. Pero nosotras no buscamos a ninguna Eurídice. ¿Por qué entonces también nosotras descendemos al infierno?

ORFEO: Cada vez que se invoca a un dios, se conoce la muerte. Y se desciende al Hades para arrebatar algo, para violar un destino. No se vence a la noche y se pierde la luz. Nos debatimos como obsesos.

BACANTE: Dices cosas malas… ¿Entonces también tú has perdido la luz?

ORFEO: Estaba casi perdido y cantaba. Comprendiendo, me encontré a mí mismo.

BACANTE: ¿Vale la pena encontrarse de este modo? Hay un camino más simple de ignorancia y de alegría. El dios es como un señor entre la vida y la muerte. Nos abandonamos a su ebriedad, desgarramos o somos desgarradas. Renacernos cada vez y nos despertamos como tú en el día.

ORFEO: No hables del día, del despertar. Pocos hombres lo saben. Ninguna mujer como tú sabe lo que es.

BACANTE: Quizá por eso te siguen las mujeres de Tracia. Tú eres para ellas como el dios. Has descendido de los montes. Cantas versos de amor y de muerte.

ORFEO: Tonta. Contigo al menos se puede hablar. Un día tal vez serás como un hombre.

BACANTE: Siempre que antes las mujeres de Tracia…

ORFEO: Di.

BACANTE: Siempre que antes no devoren al dios.






(Traducción de Marcella Milano)
(De Diálogos con Leucó, 1947)





Orfeo y Eurídice, Peter Paul Rubens





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ÓPERA






Laurence Equilbey dirige Orphée et Eurydice de Gluck









Gluck Orphee et Eurydice Kozena











A ESTE LADO DE LA VERDAD, Dylan Thomas









A ESTE LADO DE LA VERDAD

 Dylan Thomas










 (Para Llewelyn)


A este lado de la verdad,
no podrás ver, hijo mío
-rey de tus ojos azules
en el país cegador de la juventud-
que todo está deshecho,
bajo los cielos indiferentes,
de inocencia y de culpabilidad,
antes de que te animes a hacer
algún gesto de cabeza o corazón,
todo se congrega y se derrama
hacia la oscuridad envolvente
como el polvo de los muertos.

El bien y el mal, dos formas
de moverse por tu muerte
junto al mar demoledor
-rey de tu corazón en los días ciegos-,
se esfuman como el aliento,
van llorando a través de ti y de mí
y de las almas de todos los hombres
hacia la inocente oscuridad,
y la culpable oscuridad, y la muerte
buena, y la mala muerte, y entonces
en el elemento final
vuelan como la sangre de los astros,
como las lágrimas del sol,
como la simiente de la luna, basura
y fuego, la alada grandilocuencia
del cielo –rey de tus seis años-.
Y la perversa voluntad,
desde el principio de las plantas
y los animales y las aves,
agua y luz, la tierra y el cielo,
está echada antes de que tú te animes
y todos tus actos y tus palabras,
cada verdad, cada mentira,
mueran en un amor que no juzga.













viernes, 6 de diciembre de 2013

LEER, Cesare Pavese







LEER

Cesare Pavese

Artículo publicado en "L´Unità" de Turín, 20 Junio 1945.







Es verdad que no hay que cansarse de pedir a los escritores claridad, sencillez y solicitud ante las masas que no escriben, pero a veces también llegamos a dudar de que todos sepan leer. Leer es muy fácil, dicen aquellos que en virtud de su largo trato con los libros han perdido el respeto a la palabra escrita; pero aquel que más que con libros trata con hombres y cosas, y sale cada mañana para regresar por la noche encallecido, cuando se le presenta la ocasión de enfrascarse en una página advierte que tiene ante sí algo ingrato y raro, algo evanescente y al mismo tiempo duro que lo agrede y lo desalienta. Huelga decir que este último está más cerca que el otro de la vedadera lectura.

Con los libros ocurre lo mismo que con las personas, han de tomarse en serio. Pero precisamente por ello debemos guardarnos bien de convertirlos en ídolos, es decir, en instrumentos de nuestra pereza. En este aspecto, el hombre que no vive entre libros y acude a ellos con esfuerzo posee un capital de humildad, de inconsciente fuerza - la única que vale – que le permite acercarse a las palabras con el respeto y la ansiedad con que nos acercamos a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la "cultura"; más aún: es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los demás, actitud caritativa con los demás, que es en fin de cuentas la única manera de comprendernos y amarnos a nosotros mismos; la cultura empieza por aquí. Los libros no son los hombres, son los medios para llgar a ellos; quien ama los libros pero no ama a los hombres es un fatuo o un réprobo.

Hay un obstáculo para la lectura (es el mismo en todas las esferas de la vida): la excesiva confianza en uno mismo, la falta de humildad, la negativa a aceptar lo otro, lo diferente. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que otro ha mirado, no precisamente más lejos que nosotros, sino de manera diferente. Estamos hechos de mezquina costumbre. Nos gusta asombrarnos, como los niños, pero no demasiado. Cuando el estupor nos exige salir verdaderamente de nosotros mismos, perder el equilibrio para recobrar otro acaso más precario, entonces fruncimos el ceño y pataleamos, volvemos en verdad a ser niños. Pero de éstos nos falta la virginidad, que es la inocencia. Nosotros tenemos ideas, gustos, hemos leído precisamente unos cuantos libros: poseemos algo, y como todos los propietarios tememos por ese algo.

Todos, lamentablemente, hemos leído. Y así como a menudo los más pequeños burgueses se aferran al falso decoro y a los prejuicios de clase mucho más que los desenvueltos aventureros del gran mundo, así el ignorante que ha leído algo se aferra ciegamente al gusto, a la trivialidad, al prejuicio que allí ha sorbido, y a partir de entonces, si le sucede volver a leer, todo lo juzga y condena según aquel rasero. Es muy fácil aceptar la perspectiva más trivial e instalarse en ella, al calor del consenso de la mayoría. Es muy cómodo suponer que se han acabado los esfuerzos y ya conocemos la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y cobarde. Es como creer que regalando de vez en cuando una moneda al mendigo quedamos desligados de nuestro eterno y temible deber de caridad. Nada haremos aquí sin respeto y humildad: la humildad que abre brecha en nuestra sustancia de orgullo de y pereza y el respeto que nos persuade de la dignidad del otro, de lo diferente, del prójimo en cuanto tal.

Hablamos de libros. Es sabido que cuanto más franca y llana es la voz de un libro, tanto más dolor y ansiedad le ha costado a su autor. Por lo tanto es inútil confiar en sondearlos sin sufrir las consecuencias. Leer no es fácil. Y quien, como suele decirse, ha estudiado, quien se mueve ágilménte en elmundo del conocimiento y del gusto, quien tiene tiempo y medios para leer, demasiado a menudo carece de alma, está muerto para la caridad, está acorazado y endurecido por el egoísmo de casta. En cambio, aquel que anhela tener acceso al mundo de la fantasía y del pensamiento casi siempre carece de los primeros elementos: le falta el alfabeto de todo lenguaje, no le sobra ni tiempo ni fuerzas, o peor aún, ha sido descarriado por una falta de preparación, por la propaganda que bloquea y desfigura los valores. Quienquiera que se enfrente con un tratado de física, un texto de contabilidad o la gramática de un idioma sabe que existe una preparación específica , una mínima cantidad de nociones indispensables para sacar provecho de la nueva lectura. ¿Cuántos se dan cuenta de que se necesita un análogo bagaje técnico para aproximarse a una novela, una poesía o un ensayo, y que estas nociones técnicas son inconmesurablemente más complejas, sutiles y huidizas que aquellas otras, y que no están en ningún manual ni en ninguna biblia? Todos piensan que un relato o una poesía, por el hecho de no dirigirse al físico, al contable o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, es naturalmente asequible para la ordinaria atención humana. Pero, por otra parte, eso de que poetas, narradores y filósofos se dirijan al hombre así, en absoluto, al hombre abstracto, al Hombre , es una tonta fantasía. Ellos se dirigen al individuo de una determinada época y situación, al individuo que tiene determinados problemas y que, a su manera, trata de resolverlos, incluso y sobre todo cuando lee novelas. Por consiguiente, para comprender las novelas será necesario situarse en la época y proponerse los problemas; lo cual en este campo, implica en primer liugar aprender los lenguajes, la necesidad de los lenguajes. Convencerse de que si un escritor elige ciertas palabras, ciertas entonaciones y actitudes insólitas, tiene por lo menos el derecho a no ser inmediatamente condenado en nombre de una lectura precedente donde actitudes y palabras estaban más ordenadas, eran más fáciles o tan sólo diferentes. Este asunto del lenguaje es el más llamativo, pero no el más peliagudo. Es cierto que todo es lenguaje en un escritor que lo sea de veras, pero basta justamente haber comprendido esto para encontrarse en un mundo de lo más vivo y complejo, donde el problema de una palabra, de una inflexión o una cadencia se vuelve enseguida un problema de modo de vida, de moralidad. O de política, sin más.

Y que con esto sea suficiente. El arte, como suele decirse, es una cosa seria. Es por lo menos tan seria como la moral o la política. Pero si tenemos el deber de aproximarnos a estas últimas con esa modestia que es búsqueda de claridad – caridad con los demás y dureza con nostros mismos -, no se ve con qué derecho ante una página escrita olvidamos que somos hombres y que un hombre nos habla.













sábado, 17 de agosto de 2013

René Daumal -Poesía negra y Poesía blanca-






René Daumal:
Poesía negra y Poesía blanca (*)


     


Andrius Kovelinas










    La poesía, como la magia, es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.

    La mismas disposiciones innatas ordenan la maquinaria del poeta blanco y del poeta negro. Algunos las consideran como un don misterioso o señal de las potencias superiores; otros, como una imperfección o maldición. No importa. ¡O, más bien, sí! Importaría mucho, pero aún no hemos llegado a ser capaces de comprender nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiese, se libraría de ellas. El poeta blanco busca comprender su naturaleza de poeta, de liberarse y poder servirse de ella. El poeta negro, al utilizarla, se esclaviza a ella.

    ¿Pero qué representa ese «don» que es común a todos los poetas? Es un vínculo particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de manera tal que cada manifestación, de cada una de ellas, no es un signo exclusivo, sino que puede devenir, por una resonancia interior, en el signo de la emoción que representa, en un momento dado, el color o el sonido o el gusto de sí mismo. Esta emoción central, profundamente oculta en nosotros, no vibra ni brilla sino en raros instantes. Estos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos, sensaciones, gestos y palabras, en tal momento, serán signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significado llegue a materializarse por medio de una imagen afirmada en palabras, especialmente entonces diremos que es poeta. He aquí lo que denominamos como «don poético», a falta de un saber mayor.

    El poeta posee una noción más o menos confusa acerca de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree que tiene el mérito de ese don, piensa que es él quien realiza voluntariamente los poemas. O bien, abandonándose a un mecanismo de significaciones resonantes, se jacta de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría escogido como su intérprete. En ambos casos, el don poético se encuentra al servicio del orgullo y de la falsa imaginación. Combinador o inspirado, el poeta negro se miente a sí mismo y cree ser alguien. Orgullo, mentira, todavía un tercer término lo caracteriza: pereza. No porque no se agite ni se esfuerce, o lo parezca desde afuera. Pero toda esta agitación se realiza ella sola, él se guarda de intervenir, con su en sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni verse pobre y desnudo, que cada uno de nosotros se esfuerza por ocultar bajo sus máscaras. Es el «don» que opera en él, que disfruta como un mirón y sin mostrarse, arropándose con él como el cangrejo ermitaño de vientre blando se abriga y proteje bajo su concha de múrice, hecha para producir púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo a no tener otra riqueza que las responsabilidades que se asumen, es de esta pereza que yo hablo –¡oh, madre de todos mis vicios!

    La poesía negra es tan grande en sus prestigios como el sueño o el opio. El poeta negro experimenta todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes –en su imaginación. El poeta blanco prefiere la realidad antes que las ricas mentiras, incluso aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, aún cuando sufra por él y sufra de sufrir por él, trata de hacerlo servir a fines superiores a sus deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de este don.

    No diré: tal es un poeta blanco, tal otro un poeta negro. Sería rebajar las ideas a opiniones, discusiones y error. Incluso no diré: tal posee el don poético, tal otro no lo posee. ¿Lo poseo yo? A veces lo dudo, a veces creo estar seguro de ello. Jamás tengo la certeza definitiva. Cada vez el problema vuelve a plantearse. Cada vez que el alba renace, el misterio está allí, enteramente. Pero si he sido poeta, ciertamente he sido un poeta negro, y si mañana debo ser un poeta, deseo ser un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es el producto de la mezcla entre lo blanco y lo negro: pero una tiende hacia lo blanco, mientras la otra hacia lo negro.

    Aquella que tiende hacia lo blanco, no requiere para ello de esfuerzo alguno. Sigue la pendiente natural y subhumana. No requiere de esfuerzo para jactarse, soñar, mentirse y holgazanear; ni para calcular y combinar, cuando cálculos y combinaciones están al servicio de la vanidad, la imaginación, la inercia. Pero la poesía blanca marcha contra la corriente, remonta la corriente como la trucha, para ir a engendrar en la fuente viva. Ella enfrenta, con su fuerza y su astucia, las extravagancias de los rápidos y los remolinos, no se deja distraer por el centelleo de las burbujas que pasan, ni arrastrar por la corriente hacia los suaves valles cenagosos.

    ¿Cómo encara esta lucha, el poeta que quiere llegar a ser un poeta blanco? Diré cómo yo trato de encararla en mis raros mejores momentos, a fin de que un día, si llego a ser poeta, de mi poesía, por gris que ella sea, emane al menos un deseo de blancura.

    Distinguiré tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la de la vestidura de imágenes y la de la expresión verbal.

    Todo poema nace de un germen, obscuro al comienzo, que es necesario volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece obscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para ayudarle a brillar es necesario hacer silencio, porque este germen es la Cosa-a-decir-en-sí-misma, la emoción central que a través de mi máquina busca expresarse. En sí misma la máquina es obscura, pero gusta proclamarse luminosa, y hasta llega a hacerlo creer. Puesta de inmediato en movimiento por el impulso del germen, pretende actuar por su propia cuenta, para exhibirse, y por el placer vicioso de cada una de sus palancas y sus engranajes. ¡Siencio, entonces, máquina! ¡Funciona y cállate! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los recuerdos fortuitamente conjugados, silencio a la ambición, al deseo de brillar –porque sólo la luz brilla por sí misma–, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, silencio al gallo que cree hacer despuntar el sol! Y el silencio aparta las tinieblas, comienza a dar luz, iluminando, no iluminado. He aquí lo que habría que hacer. Es muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe en recompensa un pequeño destello de luz. La Cosa-por-decir se aparece entonces, en lo más íntimo de sí misma, como una certeza eterna –conocida, reconocida y a un mismo tiempo esperada–, un punto luminoso que contiene la inmensidad del deseo de ser.

    La segunda fase, es la vestidura del germen luminoso –que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido–, su investidura por las imágenes que lo manifestarán. Se hace allí necesario, pasando revista a las imágenes, rechazar y encadenar en su sitio aquellas que no quieran servir sino a la facilidad, la falsedad y el orgullo. ¡Y hay algunas tan bellas, que uno quisiera mostrar! Pero, una vez hecho el orden, es necesario dejar que sea el mismo germen quien escoja la planta o el animal de los que va a revestirse para otorgarles la vida.

    Y sigue, en tercer lugar, la expresión verbal, donde cuentan no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y el savoir-faire exteriores. El germen posee su propia respiración. Su aliento se apodera de los mecanismos de expresión comunicándoles su cadencia. Hace falta, en principio, que esos mecanismos se encuentren bien aceitados y suficientemente descansados, para que no se pongan a bailar su danza ellos solos, a escandir metros incongruentes. Y, al mismo tiempo que recoje en su aliento los sonidos del lenguaje, la Cosa-por-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? He allí el misterio. No a partir de una combinación intelectual: le llevaría demasiado tiempo; tampoco instintivamente: el instinto no inventa. Este poder se ejerce por la relación particular que existe entre los elementos de la maquinaria del poeta, y que une, en una sola sustancia viviente, materias tan disímiles como la emoción, las imágenes, los conceptos y los sonidos. La vida de este nuevo organismo, constituye el ritmo del poeta.

    El poeta negro hace prácticamente lo contrario, aunque en él se efectúe la exacta semblanza de estas operaciones. Su poesía le descubre numerosos mundos, ciertamente, pero se trata de mundos sin Sol, alumbrados por cien lunas fantásticas, poblados de fantasmas, adornados con espejismos y, a veces, empedrados de buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, de un único Sol, sin atractivos, real.

    He dicho lo que debería hacerse para llegar a ser un poeta blanco. ¡Falta todavía que yo llegue a serlo! Incluso en la prosa, la palabra y la escritura habituales –como en todos los aspectos de mi vida cotidiana– lo que produzco es gris, cháchara, mancha, mezcla de luz y de obscuridad. Entonces, después, vuelvo a emprender la lucha. Me vuelvo a leer. Entre mis frases encuentro palabras, expresiones, parásitos que no le sirven a la Cosa-por-decir; una imagen que ha querido ser extraña, un retruécano que se ha creído atrevido, pedanterías de un cierto patán que hubiera debido quedarse sentado en su escritorio en vez de venir a ejecutar su chirimía en mi cuarteto de cuerdas, y, cosa remarcable, al mismo tiempo falta de gusto, estilo e incluso de sintaxis. La misma lengua parece estar dispuesta a denunciarme a los intrusos. Pocas faltas son puramente técnicas. Casi todas son mis faltas. Y tacho, corrijo, con la alegría que puede experimentarse al cortase del cuerpo un trozo engangrenado.

 1941






Traducción: Juan Carlos Otaño
(*) “Poésie noire et poésie blanche”, en Chaque fois que l'aube paraît , Gallimard ,
París, 1953 (págs. 227-231).







 Le grand jeu







El piano, Ocnos, LUIS CERNUDA







El piano








Pared frontera de tu casa vivía la familia de aquel pianista, quien siempre ausente por tierras lejanas, en ciudades a cuyos nombres tu imaginación ponía un halo mágico, alguna vez regresaba por unas semanas a su país y a los suyos. Aunque no aprendieras su vuelta por haberle visto cruzar la calle, con su aire vagamente extranjero y demasiado artista, el piano al anochecer te lo decía.

Por los corredores ibas hacia la habitación a través de cuya pared él estudiaba, y allí solo y a oscuras, profundamente atraído mas sin saber por qué, escuchabas aquellas frases lánguidas, de tan penetrante melancolía, que llamaban y hablaban a tu alma infantil, evocándole un pasado y un futuro igualmente desconocidos.

Años después otras veces oíste los mismos sones, reconociéndolos y adscribiéndolos ya a tal músico de ti amado, pero aún te parecía subsistir en ellos, bajo el renombre de su autor: la vastedad. La expectación de una latente fuerza elemental que aguarda un gesto divino, el cual, dándole forma, ha de hacerla brotar bajo la luz.

El niño no atiende a los nombres sino a los actos, y en éstos al poder que los determina. Lo que en la sombra solitaria de una habitación te llamaba desde el muro, y te dejaba anhelante y nostálgico cuando el piano callaba, era la música fundamental, anterior y superior a quienes la descubren e interpretan, como la fuente de quien el río y aun el mar sólo son formas tangibles y limitadas.







De: Ocnos, LUIS CERNUDA














viernes, 5 de julio de 2013

René Daumal, Hechos Memorables








 
René Daumal 

Hechos Memorables, de Poesía negra, Poesía blanca  














    Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.

    Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.

    Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.

    Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.

    Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.

    Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.

    Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés ( y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso “Yo soy” que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.

    Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.

    Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.

    Acuérdate de tu guardián.

    Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.

    Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.

    Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.

    Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.

    Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenegal de tu corazón.

    Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el yugo!

    Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.

    Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída.

    Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único.







René Daumal











 

domingo, 12 de mayo de 2013

Walter Pater, El Renacimiento.






               El
                       Renacimiento

                                          Walter Pater



La Gioconda Leonardo da Vinci, 1503-1519






La presencia que de tan extraño modo se alzó a la orilla del agua expresa lo que en el transcurso de miles de años los hombres han llegado a desear. Hacia su cabeza “convergen todos los fines del mundo”, y sus párpados están un poco cansados. Su belleza está creada en el interior y recreada en el cuerpo, que es recipiente, en cada una de sus células, de pensamientos raros, de ensueños fantásticos, de pasiones exquisitas. Colocadla un instante junto a una blanca diosa griega o frente a cualquier bella mujer de la antigüedad y las veréis quedar turbadas ante esta figura en la que se infiltraron las inquietudes del alma. Todos los pensamientos, todas las experiencias del mundo la modelaron mediante un máximo poder de refinar la forma exterior y hacerla expresiva: el animalismo de Grecia, la lujuria de Roma, la mística de la Edad Media con sus ambiciones espirituales y sus amores sublimados, y el retorno del mundo pagano y los pecados de los Borgias. Es más antigua que las rocas entre las cuales se sienta; como el vampiro ha estado muerta incontables veces y conoce los secretos de la tumba; ha descendido a la profundidad de los mares, cuya luz mortecina perdura alrededor suyo; ha traficado en extraños tejidos con los mercaderes del Oriente; como Leda, ha sido madre de Helena de Troya, y como Santa Ana, madre de María; y todo esto no fue para ella más que el canto de liras y flautas y sólo perdura en la delicadeza con que se moldearon sus rasgos cambiantes y el color que le ha teñido párpados y manos.


 (Walter Pater, El Renacimiento. Traducción de J. de la C.)














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